BUENO PARA COMER — Marvin Harris | Lecturas antropológicas

Bueno para comer es un texto clásico de Marvin Harris que podemos situar dentro de la Antropología de la Alimentación. En él, el antropólogo estadounidense parte de una pregunta aparentemente sencilla: ¿por qué aquello que para unas sociedades constituye un alimento apetecible, cotidiano o incluso exquisito puede resultar desagradable, incomprensible o directamente repugnante para otras?

Si a lo largo y ancho del mundo existen grupos humanos que rechazan alimentos que otros consideran perfectamente aceptables, la definición de lo «bueno para comer» no puede explicarse únicamente a partir de la fisiología o de las necesidades nutricionales del ser humano. Es necesario atender también a las tradiciones gastronómicas, las condiciones materiales y las formas particulares en que cada sociedad organiza su alimentación.

Harris aborda esta cuestión desde su característico materialismo cultural. Frente a interpretaciones que ponen el acento principalmente en los significados simbólicos de los alimentos, el autor concede una importancia fundamental a factores como la ecología, la nutrición, la disponibilidad de recursos o los costes y beneficios asociados a la producción y al consumo. Desde esta perspectiva, muchos hábitos alimentarios que a primera vista pueden parecernos arbitrarios adquieren cierta lógica cuando los estudiamos dentro de las condiciones materiales en las que se desarrollaron.

Un ejemplo sencillo nos permite entenderlo mejor: el cerdo.

¿Por qué algunas sociedades han criado y consumido cerdos mientras otras han desarrollado fuertes prohibiciones alrededor de este animal? Una respuesta podría limitarse a señalar que cada grupo establece sus propias normas sobre aquello que considera puro, impuro, comestible o prohibido. Harris, sin embargo, busca qué condiciones materiales pueden existir detrás de esas diferencias.

El cerdo necesita agua, sombra y unas condiciones ambientales determinadas. Además, a diferencia de animales como las ovejas, las cabras o el ganado vacuno, no puede alimentarse eficazmente de la hierba y otros vegetales ricos en celulosa que los seres humanos no podemos aprovechar directamente. En determinados ambientes secos, criar cerdos puede suponer, por tanto, dedicarles recursos que también podrían ser utilizados por las personas. Desde la perspectiva de Harris, esto ayuda a comprender por qué en determinadas regiones la cría del cerdo pudo resultar poco ventajosa y por qué, con el tiempo, su rechazo pudo quedar incorporado a sistemas socioculturales y religiosos.

Lo interesante es que esta explicación no obliga a pensar que quienes dejaron de comer cerdo hicieron un cálculo consciente de costes y beneficios. Una prohibición puede tener para las personas un significado profundamente religioso y, al mismo tiempo, haber prosperado históricamente dentro de unas determinadas condiciones ecológicas.

Pero aquí aparece una cuestión especialmente interesante: ¿debemos entender siempre la relación entre seres humanos, animales y medio ambiente como una búsqueda de la máxima eficiencia?

El antropólogo Roy Rappaport ofrece un buen contrapunto. En sus estudios sobre los tsembaga de Nueva Guinea, los cerdos ocupaban un lugar central en un complejo sistema de rituales, intercambios y relaciones con el entorno. Los animales eran criados durante largos periodos y podían llegar a consumir una cantidad considerable de recursos. Cuando su número aumentaba, también aumentaban las exigencias que imponían sobre los cultivos y el trabajo humano. Determinados ciclos rituales terminaban regulando su número mediante el sacrificio y el consumo de numerosos animales.

Aquí aparece una diferencia sugerente. Una lectura muy centrada en Harris nos invita a preguntarnos qué utilidad material tiene una práctica y qué relación existe entre sus costes y sus beneficios. Rappaport permite introducir otro matiz: una sociedad no tiene por qué organizar cada elemento de su vida para obtener el máximo rendimiento posible. Una práctica cultural puede formar parte de un sistema ecológico que se mantiene y se regula sin que eso signifique que sea la solución más eficiente imaginable.

Dicho de una manera mucho más cotidiana: que algo funcione no significa necesariamente que sea la forma más barata, rápida o eficiente de hacerlo.

Esta pequeña discusión resulta importante porque evita convertir la ecología en una explicación automática de cualquier costumbre. Las sociedades humanas no son máquinas que calculan constantemente qué alimento proporciona más calorías al menor coste. Comemos también dentro de sistemas culturales, históricos, religiosos y simbólicos. La cuestión verdaderamente interesante es descubrir cómo se relacionan todas estas dimensiones.

Por eso, Bueno para comer resulta especialmente sugerente incluso cuando algunas de sus explicaciones pueden discutirse. Harris nos obliga a desconfiar de una respuesta demasiado sencilla como «lo comen porque forma parte de su cultura». Nos invita a formular una segunda pregunta: ¿por qué llegó a formar parte de sus costumbres?

Existen distintas perspectivas acerca de la aparente arbitrariedad de los hábitos alimentarios. Algunas conceden mayor importancia al significado, la clasificación cultural o el simbolismo; Harris dirige nuestra mirada especialmente hacia las condiciones materiales y ecológicas. El interés antropológico probablemente comienza precisamente cuando dejamos de considerar cualquiera de estas respuestas como evidente.

Bueno para comer constituye, en definitiva, una lectura muy interesante para adentrarse en el universo de los seres humanos a través de algo aparentemente tan cotidiano como la comida. Porque alimentarse nunca consiste únicamente en ingerir nutrientes: alrededor de aquello que consideramos comestible se articulan formas de adaptación, costumbres, prohibiciones, identidades, preferencias y maneras de entender el mundo.

Una de las preguntas más atractivas que deja abierta el libro: cuando decimos que algo es «bueno para comer», ¿estamos hablando realmente del alimento o estamos hablando de nosotros mismos?


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