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¿Por qué algunas minorías étnicas obtienen mejores resultados escolares que otras? Lo que descubrió John Ogbu
Existen pocos antropólogos que hayan cuestionado con tanta contundencia algunas de las explicaciones más extendidas sobre el fracaso escolar como John U. Ogbu a partir de sus investigaciones en diferentes comunidades de Estados Unidos. Su trabajo constituye uno de los intentos más sólidos por comprender las desigualdades escolares desplazando el foco desde las características atribuidas a determinados grupos hacia las relaciones históricas, institucionales y comunitarias que participan cotidianamente en la producción de las trayectorias escolares.

Nacido en Nigeria y posteriormente profesor de Antropología en la Universidad de California, Berkeley, Ogbu dedicó buena parte de su carrera a investigar por qué determinadas minorías étnicas obtenían resultados tan diferentes dentro de un mismo sistema escolar. Aquellas investigaciones acabarían situándose entre las principales referencias de la Antropología de la Educación contemporánea y siguen constituyendo una herramienta fundamental para comprender los procesos de desigualdad y reproducción social que atraviesan la institución escolar.
Durante décadas se consolidó una forma relativamente estable de explicar el bajo rendimiento escolar de determinadas minorías étnicas. Las dificultades lingüísticas, las diferencias culturales, la falta de integración o el nivel socioeconómico comenzaron a ocupar el centro de buena parte de las investigaciones, hasta el punto de que algunos trabajos llegaron incluso a atribuir estos resultados al supuesto escaso interés por la escuela presente en determinadas «culturas». Son explicaciones que todavía hoy continúan apareciendo con frecuencia en informes institucionales, medios de comunicación, debates políticos e incluso en una parte de la literatura pedagógica.
Sin embargo, bastaba observar con cierto detenimiento la realidad cotidiana de los alumnos en el exterior de sus centros escolares para advertir que esas interpretaciones dejaban demasiadas preguntas abiertas.
Uno de los casos que más llamó la atención de Ogbu surgía precisamente de esta contradicción. Algunos estudios pedagógicos explicaban los bajos resultados escolares de la comunidad nigeriana en Estados Unidos apelando a las dificultades lingüísticas. Sin embargo, comunidades como la surcoreana, cuya distancia en el filo lingüístico respecto al inglés era todavía mayor, alcanzaban rendimientos académicos extraordinarios. ¿Cómo podía sostenerse la explicación si la propia comparación etnográfica la ponía en cuestión?
Las contradicciones observadas durante sus investigaciones llevaron a Ogbu a formular el denominado modelo ecológico-cultural, una de las aportaciones más influyentes de la Antropología de la Educación contemporánea. Su principal interés reside en la forma de construir el propio problema de investigación. Más que ofrecer una nueva explicación del fracaso escolar, el modelo invita a revisar los procedimientos mediante los cuales llegamos a considerar determinadas explicaciones como evidentes. Buena parte de su potencia reside precisamente ahí, en cuestionar las respuestas sencillas y los modelos de investigación que terminan consolidándolas.
El ilusionismo de las causas
Una de las mayores tentaciones de las Ciencias Sociales consiste en cruzar la frontera que las separa de las Ciencias Naturales para explicar fenómenos humanos mediante instrumentos de medición que aspiran a reflejar objetivamente la realidad. Sin embargo, esos instrumentos no solo describen el mundo social: también participan en la manera en que éste acaba siendo pensado, clasificado e incluso gestionado. Es el viejo problema de la representatividad.
Las categorías con las que clasificamos a las personas no existen al margen del lenguaje. Son construcciones analíticas que simplifican procesos sociales mucho más densos y relacionales. Una vez convertidas en indicadores, esas categorías adquieren con frecuencia una apariencia de estabilidad y objetividad que termina ocultando su propio proceso de construcción. Buena parte del debate público, numerosos informes institucionales e incluso múltiples investigaciones acaban operando sobre esas categorías como si sus resultados constituyeran una representación objetiva de la realidad material; es decir, del supuesto estado de las cosas, relegando a un segundo plano las aproximaciones cualitativas capaces de reconstruir los procesos mediante los cuales esa determinada forma de representar la realidad llega a consolidarse.
Desde perspectivas relacionales contemporáneas sobre la agencia y los actores sabemos, además, que el lenguaje y los dispositivos de medición no desempeñan únicamente una función descriptiva. Al nombrar, clasificar y cuantificar, contribuyen también a producir las realidades que pretenden describir. No actúan como un espejo completamente neutro del mundo, sino que participan en la construcción de aquello que pretenden representar. La realidad material no desaparece, pero el lenguaje y los dispositivos participan performativamente en la forma en que esa realidad adquiere significado, se estabiliza y llega a existir socialmente (Barad, 2023).
Las consecuencias de este planteamiento pueden apreciarse con claridad en una situación relativamente habitual dentro del debate escolar.
Con frecuencia aparecen titulares o informes institucionales que afirman, por ejemplo, que el 80 % del alumnado gitano presenta fracaso escolar. La afirmación puede ser metodológicamente impecable. Para construir ese dato basta con definir previamente qué se entiende por fracaso escolar —no finalizar la Educación Secundaria Obligatoria, abandonar prematuramente el sistema escolar o no continuar estudios postobligatorios— y aplicar posteriormente esa categoría a una población determinada.
La pregunta antropológica, sin embargo, comienza un paso más atrás. Antes de medir conviene comprender qué significado adquieren esas mismas categorías para las personas cuya realidad pretenden describir.
Durante el trabajo de campo que realicé en un barrio de Logroño con una alta presencia de familias de etnia gitana encontré una situación que ilustra bien esta cuestión. En ninguna de las entrevistas, reuniones y conversaciones habituales en la calle apareció un discurso que restara importancia a la escuela o cuestionara el valor de los estudios. Al contrario. Padres, madres y abuelos hablaban con frecuencia del deseo de que sus hijos alcanzaran oportunidades que ellos no habían tenido. Lo verdaderamente interesante surgía cuando la conversación giraba hacia el significado del éxito escolar.
Uno de los jóvenes de la comunidad había finalizado un Ciclo Formativo de Grado Medio y, posteriormente, se propuso salir al mercado laboral. Desde determinados indicadores administrativos aquella trayectoria podía seguir formando parte de los porcentajes de abandono o de fracaso escolar utilizados por algunas estadísticas. Sin embargo, dentro de su entorno familiar y comunitario sucedía algo muy distinto. Su recorrido aparecía constantemente en las conversaciones, era motivo de orgullo para sus padres, servía como ejemplo para los más pequeños y se mencionaba con admiración tanto en reuniones familiares como en el culto evangélico. Aquel itinerario académico se había convertido, sencillamente, en una historia de éxito rotundo.
El interés antropológico reside precisamente en comprende que la categoría estadística y la categoría nativa no siempre describen la misma realidad. Ahí es donde la etnografía complementa a la estadística y donde el donde el modelo ecológico-cultural de Ogbu adquiere buena parte de su potencia analítica al incorporar una perspectiva intersubjetiva sobre los fenómenos que estudia. El éxito y el fracaso escolar son también categorías cuya significación se construye en contextos sociales concretos. La cuantificación resulta relevante para dimensionar el objeto de interés, pero también contribuye a estabilizar y naturalizar esas categorías, favoreciendo que circulen socialmente como si describieran una realidad única, objetiva y universal.
El interés del modelo ecológico-cultural aumenta todavía más cuando se pone en diálogo con otras perspectivas de la Antropología de la Educación, especialmente con el aprendizaje situado de Jean Lave y Etienne Wenger y con la teoría de la reproducción social de Pierre Bourdieu. Aunque parten de problemas diferentes, los tres enfoques convergen en una misma idea: las trayectorias escolares no comienzan el primer día de clase, sino mucho antes, en los procesos cotidianos mediante los cuales niños y niñas aprenden a interpretar qué lugar ocupa la escuela dentro de sus vidas.
Para profundizar más en estas perspectivas: https://actividadantropologica.com/2026/03/16/aprendizaje-situado-participacion-periferica-legitima/
Desde los datos producidos en mi trabajo de campo, imaginemos a un niño gitano de ocho años.
Cuando vuelve del colegio no regresa únicamente a su casa. Regresa a un entramado de relaciones formado por padres, hermanos, primos, tíos, vecinos, amistades y miembros del culto. Todos ellos hablan continuamente de trabajo, de estudios, de dinero, de la vida, de las dificultades para encontrar empleo, de experiencias vividas en la escuela, de profesores que ayudaron y de otros que no lo hicieron, de familiares que abandonaron los estudios y de otros que consiguieron terminar la enseñanza obligatoria. Escucha a un primo mayor con el que tiene un gran vínculo explicar que dejó el instituto para empezar a trabajar y conseguir dinero para comprarse una moto. Observa cómo una hermana recibió el reconocimiento de toda la familia por haber terminado un PCPI. Todas esas conversaciones forman parte de su proceso de aprendizaje. Y todas ellas constituyen una auténtica inmersión cognitiva que entreteje relaciones con la educación, la incorporación de expectativas, las trayectorias escolares, la relación entre conformidad /nivel formativo y, lo que es especialmente significativo, se establecen los cimientos del área sociolaboral, entendida como las personas de tu entorno que te dan acceso a oportunidades laborales, que en este caso, son, en términos generales, trabajos precarios, puertas de enlace a conseguir algo de dinero inmediato en muchos casos empujados por la necesidad de ayudar a familias con bajos recursos.
Ese niño está aprendiendo constantemente, aunque nadie le esté dando una clase planificada.
Exactamente igual que el hijo del ganadero del que hablábamos en el artículo sobre aprendizaje situado aprendió casi sin darse cuenta cómo funciona una explotación ganadera, o el hijo del pizzero acabó conociendo el oficio mucho antes de ponerse detrás del mostrador, ese niño participa desde muy pequeño en una comunidad donde circulan determinadas experiencias sobre la escuela.
Desde la propuesta de Ogbu, no se trata de afirmar que exista una «cultura gitana» que valore más o menos la educación escolar. Esa sería precisamente la simplificación que intenta desmontar en las minorías étnicas de sus investigaciones. Lo significativo es observar cómo las experiencias históricas mantenidas entre comunidades de minorías étnicas y la institución escolar terminan sedimentándose en miles de microprocesos cotidianos: conversaciones familiares, ejemplos cercanos, historias de éxito y de fracaso, formas de interpretar las oportunidades laborales o maneras de imaginar el futuro.
Esos procesos no determinan la trayectoria de ningún niño. Igual que ocurría con el aprendizaje situado, modifican las probabilidades mediante las cuales determinadas disposiciones, motivaciones y expectativas llegan a consolidarse durante la infancia. Los innumerables microprocesos cotidianos que articulan la vida doméstica favorecen una mayor o menor familiaridad con los códigos, las prácticas y las formas de participación propias de la institución escolar. Como explica Ángel Díaz de Rada (2007), la proximidad entre los contextos domésticos y los escolares influye directamente en la manera en que el alumnado participa, interpreta y se apropia de la vida cotidiana de la escuela. Algunos contextos facilitan esa continuidad; otros introducen mayores distancias que condicionan las trayectorias escolares desde los primeros años de escolarización. Las discontinuidades culturales que se producen entre entornos domésticos y escuela generan dificultades añadidas en la interiorización de sus procesos en determinados alumnos.
El ensamblaje histórico
Una de las principales aportaciones del modelo ecológico-cultural de John Ogbu consiste en desplazar la mirada desde las características atribuidas al alumnado hacia los procesos históricos que han configurado la relación entre determinadas minorías étnicas y la institución escolar. Para ello distingue entre minorías voluntarias e involuntarias con el propósito de comprender cómo diferentes trayectorias históricas terminan produciendo distintas formas de vivir la experiencia escolar y sus acontecimientos (Alcalde y Pons, 2011). Lo que denomino aquí como ensamblaje histórico.
Ogbu considera que las minorías voluntarias corresponden, en términos generales, a comunidades que emigran buscando mejores condiciones de vida. El proyecto migratorio suele ir acompañado por la expectativa de que la escuela permitirá acceder a oportunidades inexistentes en el lugar de origen. Las minorías involuntarias, por el contrario, pasan a formar parte de una sociedad como consecuencia de procesos históricos de esclavitud, estigmatización, colonización, anexión territorial, migraciones forzosas por problemas internos, racismo, xenofobia o persecución prolongada. Esa diferencia histórica no determina las trayectorias escolares, pero sí participa en la manera en que determinadas comunidades llegan a interpretar la institución escolar, cómo son interpretadas por la sociedad receptora y las posibilidades reales de movilidad social que ésta ofrece a partir de las experiencias previas de sus miembros.
Lo verdaderamente sugerente de la propuesta de Ogbu aparece cuando esas trayectorias históricas dejan de contemplarse como un simple antecedente y comienzan a entenderse como elementos activos y observables de la vida cotidiana. Desde los primeros años de vida, niños y niñas participan, observan e incorporan esos procesos en los que se ven inmersos y articulan expectativas y formas de especular sobre el futuro y la vida adulta. Es precisamente en esa agencia cotidiana donde el ensamblaje histórico adquiere eficacia social y reproduce, transforma o resignifica parcialmente sus propias lógicas.
Comprender las trayectorias escolares exige observar simultáneamente la escuela, la comunidad, la familia y la historia que las articula. Lo que ocurre fuera de la escuela interviene directamente en los resultados de lo que sucede en su interior. La Antropología de la Educación hace visible la complejidad de estos procesos ensamblados.
Hoy, a uno de julio de 2026, más de tres décadas después de la publicación de estos trabajos, cuesta no tener la impresión de que las aportaciones de John Ogbu apenas han penetrado en la forma de pensar y organizar buena parte de las instituciones escolares. Políticas educativas, investigaciones, informes institucionales e incluso numerosos discursos profesionales continúan apoyándose en categorías relativamente simples y siguen triangulando los problemas en el interior de la escuela, como si ésta constituyera una realidad autónoma, impermeable, ajena al resto de procesos y problemas de la humanidad.
La institución escolar parece instalada en una actividad permanente de reforma. Cada pocos años modifica los agrupamientos del alumnado, incorpora nuevas metodologías, reorganiza los espacios, introduce especialistas, diseña materiales diferentes, convierte un fenómeno relacional en una categoría aislada de intervención —como la denominada «conducta disruptiva»— o sustituye unas estrategias didácticas por otras. Muchas de estas transformaciones pueden resultar parcialmente valiosas. Sin embargo, la inmensa mayoría continúan dirigiendo la mirada hacia el interior de la escuela, como si el origen de las desigualdades escolares o los malos resultados curriculares pudieran localizarse exclusivamente entre las paredes del aula. Mientras tanto, los procesos históricos, familiares, comunitarios, laborales o territoriales que Ogbu situó en el centro de su explicación apenas encuentran un espacio equivalente dentro de la planificación escolar.
Seguimos reformando la escuela con enorme intensidad mientras apenas modificamos la manera de pensar las relaciones entre la escuela y la sociedad.
Quizá también convenga preguntarse por el lugar que ocupa hoy la etnografía en la producción de conocimiento útil para orientar las políticas públicas. Resulta difícil defender su enorme capacidad para describir y comprender los procesos sociales cuando buena parte de sus investigaciones apenas tienen alcance fuera de los contextos académicos. ¿A quién va dirigida entonces la etnografía?
Ogbu constituye este ejemplo paradigmático: sus trabajos siguen siendo una referencia dentro de la Antropología de la Educación y, sin embargo, es difícil encontrar el rastro de su influencia en el diseño y planificación del sistema escolar. Quizá uno de los problemas sea que seguimos diseñando la escuela sin leerlos, o que las categorías que organizan el discurso moral y social europeo en los niveles públicos están en la utopía y se quedan para el escaparate de los falaces «valores universales». La escuela se convierte así en la teatralización de una romántica comunidad imaginada.
BIBLIOGRAFÍA DE INTERÉS
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Ogbu, J. U. (1979). Minority education and caste: The American system in cross-cultural perspective. Crisis, 86(1), 17-21.
Ogbu, J. U. (1992). Adaptation to minority status and impact on school success. Theory into practice, 31(4), 287-295.
Ogbu, J. U. (2004). Respuestas de las minorías a la experiencia escolar. Boletín del Centro de Documentación de la Asociación de Enseñantes con Gitanos, septiembre: Monográfico sobre «El éxito escolar de las Españolas y Españoles Gitanos/as»(éxito académico y minorías étnicas) Nº25/26–Madrid: AEG.
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Muchas veces cuando se habla de fracaso escolar parece que toda la responsabilidad recae en el alumno y la familia y la realidad es bastante más complicada como bien se expresa en el artículo. En mi trabajo he visto que detrás de cada menor hay una historia distinta. Hay chicos con muchas capacidades que atraviesan momentos familiares muy difíciles y eso se acaba notando también en el colegio. Otras veces ocurre justo lo contrario. cuentan con un entorno que les sostiene y consiguen salir adelante pese a tener muchas dificultades.
También creo que a veces se espera que la escuela compense desigualdades que vienen de mucho más atrás, cuando realmente es un problema que implica a la familia, al entorno o incluso a las expectativas que el propio joven tiene sobre su futuro. Por eso parece interesante recuperar autores como Obgu, porque ayudan a mirar el fracaso escolar desde una perspectiva más amplia y menos simplista. Al final, más que buscar una única causa creo que merece la pena preguntarse por qué dos menores con circunstancias aparentemente parecidas pueden recorrer caminos tan diferentes (ejemplo incluso en hermanos con la misma situación negligente en casa). Ahi es donde este tipo de enfoques podrían aportar mucho.
Una cosa que me ha venido a la cabeza es el papel que han tenido los mediadores y las asociaciones gitanas en los últimos años. Como dice el artículo se suele dar por hecho que las familias gitanas no valoran la educacón en la escuela «paya», pero esto simplifica mucho la realidad. Precisamente el trabajo de mediación de gitanos, acercando la escuela a las familias y mostrando las oportunidades que ofrece, creo que ha contribuido a ir cambiando muchas percepciones y generar más confianza en esta institución en el seno del pueblo gitano.