RACISMO SIN RACISTAS: ENTENDER EL PRESENTE

Prejuicio, racismo y construcción de la otredad

Lo primero que cabe destacar en estas primeras líneas es que este punto de vista antropológico no tiene como objetivo establecer un juicio normativo sobre los pensamientos —no pretende determinar qué es correcto o incorrecto—, ni clasificar moralmente los estereotipos o prejuicios. El interés aquí es otro: comprender los mecanismos mediante los cuales construimos mentalmente a los otros.

Se trata, en definitiva, de analizar cómo elaboramos representaciones sobre los seres humanos cuando los distribuimos subjetivamente en diferentes grupos. Estas representaciones no son neutras: se configuran a partir de fragmentos de información, experiencias previas y elementos culturales que quedan almacenados en la memoria, y que activamos para dar sentido a los exogrupos; es decir, a aquellos colectivos que percibimos como externos a nuestro propio grupo de pertenencia (endogrupo).

En segundo lugar, conviene asumir una premisa fundamental que suele generar cierta incomodidad: tener prejuicios no es una anomalía, sino un fenómeno habitual. Forma parte de los procesos cognitivos mediante los cuales simplificamos la complejidad social. A lo largo de este texto se argumentará por qué esto es así, y cómo estos mecanismos, lejos de ser excepcionales, son estructurales en la forma en que interpretamos el mundo.

A partir de aquí, es probable que el lector pueda identificar sus propias formas de conceptualizar a los exogrupos en alguna de las categorías que se presentarán más adelante. Este ejercicio no busca etiquetar ni clasificar individuos, sino favorecer una toma de conciencia: comprender mejor por qué recurrimos a los estereotipos como herramienta para dar forma a comunidades que, en la mayoría de los casos, conocemos de manera parcial, indirecta o incluso imaginada.

Comunidades imaginadas: pensar en millones como si fueran uno

Como primera premisa analítica, resulta fundamental entender que las comunidades son, en gran medida, construcciones imaginadas. Nuestro cerebro opera a través de la memoria y la información disponible para generar modelos simplificados de grupos humanos que pueden estar formados por millones de personas.

Tomemos como ejemplo la categoría “China”. Bajo esta etiqueta se agrupan cientos de millones de individuos que presentan enormes diferencias lingüísticas, culturales, económicas y sociales. Dos personas con nacionalidad china pueden ser tan distintas entre sí como un salmantino y un sami del Ártico norte. En este sentido, la categoría “chinos”, cuando se utiliza para homogeneizar características culturales, pierde capacidad explicativa.

Este tipo de generalizaciones no son casuales: responden a la limitada información de la que disponemos. A partir de unos pocos rasgos visibles o conocidos, construimos identidades grupales coherentes, aunque simplificadas.

Como señalan Rivas y Jociles (1993), la identidad no puede entenderse como una esencia única, sino como el resultado de múltiples identificaciones que operan en distintos niveles y dimensiones. Los grupos no poseen una única identidad, sino una constelación de identificaciones que, en muchos casos, son inconmensurables entre sí.

Incluso en grupos pequeños, resulta prácticamente imposible recoger la totalidad de los procesos sociales que los configuran. En este sentido, el estereotipo no desaparece con el conocimiento: puede matizarse, ampliarse o complejizarse, pero la comunidad seguirá siendo, en parte, imaginada.

Prejuicio y contexto: cómo se construyen las diferencias

El prejuicio es uno de los mecanismos a través de los cuales se construyen estas imágenes del otro. A menudo, se atribuyen características negativas a una persona basándose en las cualidades imaginadas de su grupo de pertenencia. Sin embargo, estas categorías no son universales ni estables: son profundamente contextuales.

Como muestra Vila (1999), un “chilango” en México puede ser percibido como emprendedor o pícaro en su contexto local. Sin embargo, al cruzar a Estados Unidos, esa categoría pierde sentido y pasa a ser simplemente “mexicano”. Lo mismo ocurre en la frontera entre Ciudad Juárez y El Paso: lo que en un contexto se percibe como diferencia regional, en otro se transforma en una categoría nacional homogénea cargada de estigmas.

Esto revela algo fundamental: las identidades no existen por sí mismas, sino que se construyen en relación con otros, y dependen del punto de vista del observador.

Del racismo clásico al racismo contemporáneo

El racismo tiene una relación estrecha con el prejuicio. A través de él, se consolidan visiones negativas del otro que pueden llegar a estructurar sistemas sociales completos.

Históricamente, el racismo clásico se apoyó en argumentos biológicos. La supuesta existencia de razas humanas diferenciadas permitió establecer jerarquías entre grupos, legitimando prácticas como la esclavitud o el colonialismo. La idea de inferioridad genética sirvió para justificar la captura, transporte y explotación de millones de personas en contextos como el comercio transatlántico de esclavos.

Los terribles barcos «negreros»

También fue central en la Alemania nazi, donde la creencia en una raza superior derivó en políticas de exterminio.

Sistema de marcas distintivas en campos de concentración nazi. Desde gitanos, judíos, homosexuales, etc.

Sin embargo, los avances científicos —impulsados, entre otros, por Franz Boas— demostraron que el concepto de raza carece de base biológica para diferenciar a los seres humanos. Las diferencias genéticas entre grupos son mínimas y no permiten establecer jerarquías que nos dividan como especie o razas.

Gráfico publicado por el gobierno nazi en 1935, explicando los esquemas familiares que determinaban la limpieza de sangre. Ésta es la traducción al castellano.

Esto no supuso el fin del racismo, sino su transformación.

En las sociedades contemporáneas, el racismo se desplaza hacia el terreno cultural. Ya no se habla tan abiertamente de inferioridad biológica, sino de incompatibilidad cultural, amenaza a los valores o dificultad de integración.

Xenofobia y fundamentalismo cultural

En este punto, resulta clave la aportación de Stolcke (1999), quien diferencia entre racismo y fundamentalismo cultural.

El fundamentalismo cultural se apoya en la idea de que los grupos humanos son culturalmente incompatibles, y que la convivencia supone una amenaza para la identidad propia. Esta lógica se legitima a través de la xenofobia, entendida como una reacción “natural” frente al extraño.

Según Stolcke, esta naturalización es profundamente problemática, ya que convierte procesos históricos y sociales en supuestas constantes biológicas. La xenofobia funciona así como la “base natural” que legitima el rechazo cultural, del mismo modo que el concepto de raza legitimaba el racismo biológico.

¿Es el racismo algo “natural”?

Algunas interpretaciones han tratado de explicar el racismo desde una perspectiva evolutiva, vinculándolo a la competencia por recursos entre grupos humanos en la prehistoria. Por ejemplo, las relaciones entre Homo sapiens y neandertales han sido interpretadas en ocasiones como un conflicto entre grupos que competían por el territorio y los recursos.

Sin embargo, los estudios más recientes muestran que ambas especies se reprodujeron entre sí, lo que indica una cercanía genética notable. Esto abre interrogantes sobre la naturaleza de esas relaciones: ¿conflicto, convivencia, mestizaje forzado?

Más allá de estas hipótesis, lo que sí parece claro es que la categorización grupal activa mecanismos de favoritismo hacia el propio grupo. Como muestran los experimentos del paradigma del grupo mínimo, basta con asignar a las personas a grupos arbitrarios para que se produzca favoritismo endogrupal (Gaviria, Cuadrado y López Sáez 2009).

Migraciones, ciudadanía y nuevas formas de exclusión

En el contexto actual, marcado por intensos flujos migratorios, las dinámicas de inclusión y exclusión adquieren nuevas formas.

Andrea Rea (2006) señala la emergencia de una identidad supranacional en Europa. Sin embargo, esta identidad no se distribuye de manera equitativa. Los inmigrantes y sus descendientes, incluso cuando poseen la nacionalidad, no siempre son reconocidos como miembros plenos de la comunidad.

Un marroquí en España puede seguir siendo percibido como “marroquí” antes que como “español”, independientemente de su estatus legal. Este fenómeno se refleja también en las políticas públicas, donde se generan distintos niveles de acceso a derechos. Se construyen así diferentes tipos de ciudadanía, que afectan directamente a la vida cotidiana de las personas.

Estas dinámicas pueden entenderse como formas de racismo institucional, donde no es solo el individuo, sino también el sistema el que produce desigualdad.

El prejuicio hoy: lo que se dice y lo que se hace

En las sociedades contemporáneas, el prejuicio abierto está socialmente penalizado. Esto ha generado una especie de discurso dominante basado en la igualdad, la diversidad y la inclusión.

UGT SOMOS DIVERSIDAD - Home | Facebook

Sin embargo, cuando observamos las prácticas cotidianas, aparecen contradicciones.

Es habitual encontrar discursos que defienden que “todas las personas son iguales”, mientras que los entornos sociales reales —amistades, parejas, redes de apoyo— siguen siendo relativamente homogéneos. Las minorías étnicas, las personas trans, las personas con discapacidad o en situación de exclusión social suelen quedar fuera de estos círculos.

Esto no implica necesariamente una intención consciente de discriminar, sino la persistencia de estructuras sociales que reproducen desigualdades de forma sutil.

La teoría del “gran reemplazo”: miedo, demografía y construcción del enemigo

En los últimos años ha ganado visibilidad lo que se conoce como teoría del “gran reemplazo”, popularizada por Renaud Camus. Esta narrativa sostiene, de forma simplificada, que las poblaciones europeas estarían siendo progresivamente sustituidas por poblaciones inmigrantes, especialmente procedentes de contextos no occidentales.

Más allá de su formulación concreta, lo relevante desde un punto de vista antropológico no es tanto discutirla en términos de veracidad empírica, sino analizar qué tipo de imaginario construye y por qué resulta tan eficaz socialmente.

La teoría del “gran reemplazo” opera sobre varios mecanismos que ya han aparecido a lo largo de este texto: la homogeneización de los grupos (“los europeos”, “los inmigrantes”), la percepción de amenaza sobre los recursos o la identidad, y la naturalización de las fronteras culturales como si fueran entidades estables e inmutables. Se construye así una narrativa en la que el exogrupo deja de ser simplemente “otro” para convertirse en un agente activo de sustitución, lo que intensifica el sentimiento de urgencia y peligro.

Además, introduce un elemento clave: el desplazamiento del conflicto desde lo económico o político hacia lo demográfico y cultural. No se trata solo de competencia por recursos, sino de la supuesta desaparición de un modo de vida. Esto conecta directamente con lo que Stolcke (1999) denomina fundamentalismo cultural, donde la diferencia se percibe como incompatible y amenazante.

Sin embargo, esta teoría simplifica procesos extremadamente complejos. Las dinámicas migratorias, las tasas de natalidad o las transformaciones culturales no responden a un único patrón ni a una intencionalidad coordinada. De nuevo, nos encontramos ante una construcción que reduce la complejidad social a una narrativa comprensible, pero profundamente sesgada desde la que multitud de personas operan en sus formas de pensamiento y acción social.

Su éxito no radica en su precisión, sino en su capacidad para activar emociones: miedo, pérdida, incertidumbre. En este sentido, funciona como un potente dispositivo de construcción de la otredad, reforzando fronteras simbólicas y legitimando actitudes de exclusión bajo una apariencia de defensa.

Conflictos actuales y la construcción del enemigo

Estas mismas lógicas de construcción de la otredad no penetran únicamente en el plano cotidiano o en las relaciones interpersonales, sino que escalan también a nivel geopolítico. Los conflictos armados contemporáneos muestran cómo los mecanismos de categorización, simplificación y estereotipación se proyectan sobre poblaciones enteras, convirtiendo al “otro” en enemigo.

En el caso de la guerra entre Rusia y Ucrania, o en las tensiones entre Estados Unidos e Irán, se observa cómo los discursos políticos y mediáticos tienden a homogeneizar sociedades complejas bajo categorías simplificadas. Se construyen narrativas donde los actores aparecen como bloques coherentes, con valores, intenciones y comportamientos unificados, invisibilizando la diversidad interna y las tensiones propias de cualquier sociedad.

Desde una perspectiva antropológica, esto no es nuevo. La construcción del enemigo ha sido históricamente una herramienta clave para legitimar conflictos, movilizar poblaciones y justificar acciones que, en otros contextos, resultarían moralmente problemáticas. La categoría de “enemigo” permite deshumanizar, simplificar y, en última instancia, hacer operativas decisiones políticas y militares.

En este sentido, los procesos descritos anteriormente —prejuicio, estereotipia, fundamentalismo cultural— no desaparecen en los niveles institucionales, sino que se amplifican. El “otro” deja de ser un vecino, un compañero de trabajo o un grupo minoritario, y pasa a ser una entidad abstracta que encarna la amenaza.

Además, estos discursos no son unidireccionales. Cada parte implicada construye su propia narrativa de legitimidad, donde el endogrupo aparece como defensor, víctima o garante de valores universales, mientras que el exogrupo es representado como agresor, irracional o peligroso. Este juego de espejos refuerza las fronteras simbólicas y dificulta la comprensión de la complejidad del conflicto.

Así, lo que en la vida cotidiana se manifiesta como prejuicio o estereotipo, en el plano geopolítico se traduce en narrativas de guerra, políticas de exclusión y dinámicas de enfrentamiento a gran escala. Entender estos mecanismos no implica justificar los conflictos, sino dotarnos de herramientas analíticas para no quedar atrapados en simplificaciones que, precisamente, contribuyen a su reproducción.

Conclusión

Tal y como se ha señalado desde el inicio, este ejercicio no pretende juzgar, sino comprender.

El racismo no es una categoría fija, sino un conjunto de actitudes y prácticas que evolucionan con el tiempo, la experiencia y el contexto. No se trata de “ser” o “no ser” racista, sino de reconocer cómo se construyen nuestras percepciones sobre los otros.

Estas percepciones están mediadas por la información disponible, la memoria y la experiencia vivida. Por ello, pueden transformarse. Si algo ha caracterizado a los seres humanos a lo largo de su historia es su capacidad de adaptación. En un mundo cada vez más interconectado, donde la convivencia entre diferencias no es una opción sino una condición, esta capacidad resulta fundamental. No necesariamente desde una posición ideológica, sino desde la posibilidad de reducir el sufrimiento humano y mejorar las relaciones entre grupos.


Finalmente, les dejo que señalen con cuál de las conceptualizaciones del racismo contemporáneo (u otras opciones) se sienten más identificados. No tiene mayor objetivo que la curiosidad antropológica, no se le dará ningún otro uso a esta información y por supuesto la elección es privada.

Os dejo tres preguntas sencillas. También la leyenda.

Antes de responder a la tercera, ten en cuenta el significado de cada categoría:

  • Racismo clásico/tradicional: se basa en la creencia de que existen diferencias biológicas entre grupos humanos que justifican jerarquías (superioridad/inferioridad).
  • Fundamentalismo cultural: defiende que las culturas son incompatibles entre sí y que la propia debe protegerse frente a la influencia o presencia de otras.
  • Racismo aversivo: la persona se considera igualitaria, pero siente incomodidad o evita el contacto con miembros de otros grupos.
  • Racismo moderno: niega el racismo actual, pero considera que las minorías reciben ventajas injustas o no se esfuerzan lo suficiente.
  • Racismo ambivalente: combina actitudes igualitarias con sentimientos negativos, generando contradicción interna.
  • Prejuicio sutil y manifiesto: distingue entre rechazo abierto (manifiesto) y formas indirectas o justificadas (sutiles).
  • Otro tipo de prejuicio: formas no recogidas en las categorías anteriores.
  • Ningún prejuicio: percepción de no tener actitudes prejuiciosas hacia otros grupos.

BIBLIOGRAFÍA

Acceso a las fuentes
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GAVIRIA, E., CUADRADO, I. y LÓPEZ SÁEZ, M. 2009. “Introducción a la Psicología Social”, Ed. Sanz y Torres, Madrid.


REA, A. 2006. “La europeización de la política migratoria y la transformación de la otredad”, Revista Española de Investigaciones Sociológicas, pp. 157-183.


RIVAS, A. y JOCILES, M. I. 1993. “La creación simbólica de fronteras entre los antropólogos del estado español”, Revista de antropología social, núm. 2. Editorial Complutense, Madrid.


STOLCKE, V. 1999. “La nueva retórica de la exclusión en Europa”. Traducción resumida de Stolcke, Verena. 1999. “New rhetorics of exclusion in Europe” International Social Science Journal, March, Volume 51, Issue 159 (pages 25–35).


VILA, P. 1999. “Construcción de identidades sociales en contextos transnacionales: el caso de la frontera entre México y los Estados Unidos”, Traducción de Vila, Pablo. 1999. “Constructing social identities in transnational contexts: the case of the Mexico–US border” International Social Science Journal, March, Volume 51, Issue 159, pages 75–87. Cultural.»  

Nota legal

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4 comentarios sobre “RACISMO SIN RACISTAS: ENTENDER EL PRESENTE

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  1. Hola,
    Creo que sí que tengo prejuicios, pero igualmente no me consideraría una persona racista. Pienso que no se pueden evitar los prejuicios en muchas situaciones, incluso en ocasiones pueden ser de utilidad, como por ejemplo para observar a una persona «con malas pintas» que puede ser alguien que te puede atracar o algo peor por la calle cuando vuelves a casa de noche sola.
    En ocasiones puede ser un mecanismo de defensa preventivo.
    Saludos.

    1. Nada que rebatir por aquí Laura.
      En realidad, no estoy de acuerdo con el concepto de «racista» como categoría universalizable o aplicable por igual a un conjunto de personas. El título simplemente es para introducir un nexo conceptual del que poder hablar.
      Yo tampoco creo que tener algunas formas de prejuicio sea un sinónimo de ser una persona racista.
      Tal vez con una gran acumulación de prejuicios se pueda considerar la idea, tal vez no. No hay una herramienta científica para medir esto. De ahí a la posibilidad del artículo para la autodenominación.
      Saludos.

  2. Este tema me ha tocado de cerca y con el tiempo he ido cambiando un poco la forma de verlo: antes lo enfocaqba más desde lo ideal y ah ora también pienso más en la seguridad y en cómo se vive en el día a día.
    Creo que la realidad mezcla muchas cosas-contexto social, economía, decisiones personales, profundas desigualdades-y no siempre es fácil encajarlo todo. En cualquier caso, me gusta que invite a pararse a pensar y mirarlo con más matices.
    Al final, todos queremos estar bien y vivir tranquilos y no siempre es fácil equilibrar eso con todo lo demás.

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