SERIE “PÍLDORAS ANTROPOLÓGICAS” | ÁNGEL DÍAZ DE RADA
Más material sobre aprendizaje situado, esta vez en formato audio. Es una de las «Píldoras Antropológicas» de Ángel Díaz de Rada que graba para la UNED.
En esta página ya hay bastante contenido sobre aprendizaje situado dentro del apartado de Antropología de la Educación y de la Escuela, pero nunca está de más volver sobre ello, sobre todo cuando la teoría sigue y la práctica… bueno, la práctica va por otro lado.
Hace poco pregunté a una antropóloga que investiga sobre escuela, educación y migración si conocía algún centro que aplicase el aprendizaje situado como base metodológica. La respuesta fue clara: ninguno. Mucha pedagogía, mucha teoría… pero todo entre cuatro paredes.
Y claro, luego hablamos de igualdad.
Universalizar aprendizajes cerrados, evaluables y homogéneos para sujetos radicalmente distintos no es igualdad, es otra cosa. Llámalo simplificación, llámalo ficción institucional, llámalo como quieras. Pero igualdad, lo que se dice igualdad, no es.
La escuela sigue funcionando de espaldas a la vida real de los alumnos. Lo que les pasa fuera apenas entra dentro. Y cuando entra, lo hace domesticado, empaquetado, convertido en contenido evaluable. Cuando la escuela ponga el foco en lo que ocurre fuera de ella, en los contextos reales donde se juega la vida social, estaremos ante algo completamente distinto. Hoy por hoy, eso roza la ciencia ficción.
Dicho mal y pronto: la escuela también cumple una función de custodia. Ajustada a los ritmos productivos de los adultos. Sacar a los chavales fuera seis horas al día, a contextos reales de aprendizaje, no encaja en ese engranaje.
Y aquí viene el punto incómodo.
Aprender sin necesidad práctica inmediata es, muchas veces, aprender para olvidar.
Frente a eso, el aprendizaje situado plantea otra lógica: aprender porque lo necesitas. Porque estás dentro. Porque participas. Porque si no aprendes, no puedes avanzar.
Bajo esta perspectiva, la figura del profesor cambia radicalmente. No desaparece, pero deja de ser el centro. Lo central pasa a ser el acceso a contextos reales, a comunidades de práctica donde el conocimiento circula con sentido. Figuras de referencia que conocen el entorno, que abren puertas, que acompañan, que introducen poco a poco al aprendiz en dinámicas donde su papel va ganando peso.
Y no, no hace falta seis horas diarias para eso.
Hace falta sentido.
He podido ver esto en primera persona trabajando con jóvenes etiquetados como “disruptivos”. Fuera de la escuela, en contextos reales, esas conductas, en muchas ocasiones, simplemente desaparecían.
Una chica que quería ser peluquera acabó en una peluquería. Pasó de no sostener la atención en clase a freír a preguntas a la profesional. Observaba, atendía, aprendía, se implicaba. Diez años después, es peluquera.
¿Dónde estaban los problemas de conducta?
Otro quería programar videojuegos: contacto con un programador. Otro, restaurar muebles: taller del barrio, un ebanista sin relevo dispuesto a enseñar. Boxeadores, pizzeros, mecánicos, diseñadoras… año tras año.
No era magia. Era contexto.
Eso sí, muchas veces al margen de la normativa. Reduciendo horarios, sacándolos del centro, asumiendo riesgos. Porque el sistema, en el fondo, no está pensado para esto.
Y no, no todos “se salvaron”. Sería ingenuo decirlo. Pero muchos sí. Y no precisamente gracias a los procesos escolares tradicionales.
Así que la pregunta es inevitable:
¿Hasta qué punto esas conductas disruptivas son realmente del sujeto… o del contexto en el que le obligamos a aprender?
En el aprendizaje situado, curiosamente, desaparecen.
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