“Cannibal Tours” no es únicamente un documental sobre turistas navegando por el río Sepik en Papúa Nueva Guinea. Es un espejo incómodo. La cámara no solo observa a las comunidades indígenas; observa, sobre todo, a los occidentales que viajan en busca de autenticidad. Los turistas preguntan por el canibalismo, compran máscaras, regatean monedas, fotografían rostros. Mientras tanto, los habitantes locales miran de vuelta, calculan, negocian y representan aquello que el visitante espera encontrar.
La película deja claro que el turismo no es simplemente desplazamiento geográfico; es producción de imaginarios. El viajero no viaja vacío. Llega cargado de expectativas, estereotipos y una idea previa de lo que debe ser “lo auténtico”. Y lo que encuentra, en buena medida, termina siendo una respuesta adaptativa a esa expectativa.
En los años setenta, Dean MacCannell analizó esta lógica en The Tourist: A New Theory of the Leisure Class. Su planteamiento sigue siendo sorprendentemente vigente: el turismo moderno vende la ilusión de acceso a la vida real del otro, pero en realidad organiza escenarios donde esa autenticidad es cuidadosamente escenificada. No necesariamente falsa, pero sí reordenada para ser consumible.
En el Sepik, como en tantos otros lugares, la introducción de la moneda altera las prioridades productivas. Si tallar máscaras para vender resulta más rentable que cultivar, la economía se transforma. Si el turista paga por rituales, el ritual adquiere un valor nuevo: deja de ser solo práctica simbólica interna y se convierte también en mercancía. No se trata de mendicidad en sentido estricto; se trata de adaptación racional a un sistema global profundamente desigual.
Treinta y tantos años después del estreno del documental, la tecnología ha cambiado radicalmente, pero la estructura permanece. Donde antes había cámaras analógicas y cruceros organizados, hoy hay Instagram, vídeos virales y turismo “experiencial”. El discurso también se ha sofisticado: el viajero contemporáneo ya no se percibe como consumidor superficial, sino como explorador consciente, casi antropólogo amateur. Busca rituales, busca inmersión, busca transformación personal. Sin embargo, la lógica de fondo —la compra de una experiencia empaquetada como auténtica— sigue operando.
La teatralización de la etnicidad no es una anomalía, sino un efecto previsible del mercado. Aldeas que organizan bailes en horarios coordinados con la llegada de grupos; vestimentas tradicionales que se usan durante la jornada turística y se sustituyen por ropa occidental al terminar; objetos “locales” fabricados en serie para responder a la demanda. Esto no invalida la cultura. Más bien muestra cómo la cultura se adapta, se reconfigura y sobrevive bajo nuevas condiciones.
El problema aparece cuando la desigualdad se vuelve estructural. La patrimonialización de rutas históricas o territorios rurales puede aumentar el PIB, pero eso no implica necesariamente una mejora real en la calidad de vida de quienes habitan esos lugares. El crecimiento macroeconómico puede coexistir con la concentración del capital en pocas manos. La estadística positiva no siempre se traduce en redistribución.
Hay, además, una dimensión simbólica delicada. Fotografiar personas sin consentimiento, convertirlas en parte del paisaje exótico, pedir sostener a un bebé para una foto como si se tratara de una atracción, revela una asimetría evidente. Esa sonrisa que acompaña el gesto puede estar atravesada por la necesidad económica. La desigualdad opera silenciosamente en cada intercambio.
Hay una anécdota documentada de unos ¡Kung san (comúnmente llamados bosquimanos) del centro sur del desierto del Kalahari, que llegaron a Johannesburgo en una situación de creciente mendicidad, porque las bastas tierras donde desarrollaban su modo de vida basado en la caza y la recolecta se habían vendido progresivamente por las autoridades regionales para hacer parques acotados para la conservación y vigilancia de diferentes especies, y la proliferación del turismo «de safari». Cuando llegaron a Sudáfrica, en un mercado encontraron un libro documental dedicado a la fotografía de alta resolución, en los que aparecían familiares suyos sin tener la más remota idea de lo que allí estaba sucediendo. El atractivo principal del libro era la etnicidad expresada por sus familiares, que había sido monetizada y divulgada por el mundo sin su conocimiento ni consentimiento.
El turismo también reproduce etnocentrismo. Se juzga al otro desde categorías propias: higiene, pobreza, desarrollo, libertad. Se generaliza con facilidad —“los chinos son…”, “los cubanos dicen…”— olvidando que ninguna sociedad es homogénea. Se colorea un país entero en el mapa de destinos de la habitación de casa, poniendo un «check» tras haber recorrido apenas unos kilómetros. Se confunde experiencia parcial con conocimiento total (que es en realidad impracticable).
La paradoja más interesante es que incluso la pérdida de autenticidad es un fenómeno cultural real. La performance turística no es simplemente falsedad; es una práctica social observable. Es cultura producida en interacción con el mercado global. Lo que cambia no es la existencia de cultura, sino sus condiciones de producción.
Así que la pregunta permanece abierta: ¿ha cambiado realmente algo desde 1988? La respuesta parece apuntar a que hemos refinado el relato, pero no necesariamente la estructura. Hoy el turista puede declararse respetuoso, crítico o alternativo, pero sigue participando en un sistema donde la autenticidad se convierte en valor de cambio y donde la experiencia se monetiza.
Quizá la diferencia no esté tanto en el destino como en la conciencia del viajero. No en dejar de viajar, sino en comprender que el viaje no otorga automáticamente conocimiento, ni cultura, ni autoridad moral. El turismo no es un atajo hacia la comprensión intercultural; es, en muchos casos, un escenario cuidadosamente organizado por el mercado.
Y ahí radica la vigencia incómoda de Cannibal Tours: seguimos navegando el mismo río, aunque ahora lo grabemos en alta definición y lo publiquemos en redes sociales.
Finalmente, os voy a pegar aquí otro vídeo/podcast más reciente, de este año, muy entretenido por cierto. Se trata de un modelo de viajero en busca de rituales y experiencias. Hay otros. Van de aquí para allí, viviendo aventuras y experiencias exóticas. También tiene una empresa de viajes exóticos, que reclama pequeños grupos selectos a los que lleva a visitar diferentes poblaciones africanas para mostrar todo tipo de rituales. No obstante, la orientación de éste trata de ser en ocasiones antropológica. Os dejo una pregunta para la reflexión particular: ¿Es diferente lo que nos expone Aníbal Bueno a lo que se expuso en Cannibal Tours hace treinta y pico años?
BIBLIOGRAFÍA DE INTERÉS
Acceso a las fuentes
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Douglas, M. (1973). Pureza y peligro. Un análisis de los conceptos de contaminación y tabú, 1.
MacCannell, D. (2003). El turista. Una nueva teoría de la clase ociosa. Barcelona: Melusina.
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