DEFINICIONES Y CONCEPTOS DE CULTURA 16 | ÁNGEL DÍAZ DE RADA

Getting your Trinity Audio player ready...

Vamos por el número 16 de la serie. Estamos en la actualidad. Tal vez en adelante volvamos a recurrir a autores menos contemporáneos y a la historia del dichoso término. Cultura ha atravesado una ingente cantidad de abstracciones, ambigüedades, imprecisiones, metafísicas, indeterminaciones y materialismos que, sin embargo, cobraban mucho sentido en su contexto. Pero ya iba tocando salir a la calle con la capacidad de percibir cultura poniendo nuestros sentidos en juego, contemplando y captando el ritmo de las cosas.

Imaginemos que Ángel Díaz de Rada nos acompaña esta mañana a comprar el pan. No vamos a desplazarnos a una comunidad remota, ni asistiremos a una ceremonia religiosa, una fiesta tradicional o uno de esos acontecimientos que habitualmente reciben la etiqueta de «culturales». Vamos a entrar en una panadería cualquiera, la de la Paquita.

Al abrir la puerta encontramos a tres personas esperando. Nos situamos detrás de ellas. Una mujer entra después y ocupa su lugar a nuestra espalda. Cuando llega nuestro turno avanzamos hacia el mostrador y saludamos. Yo pido una barra de pan sobado; Díaz de Rada, que parece tener el morro más fino, pide una hogaza de masa madre. Señala una concreta entre varias: «tostada, pero no demasiado», le dice a Paquita. Ella va señalando hogazas hasta que su cliente asiente con la cabeza.

Llega el momento de pagar. Ambos hacemos el amago de sacar la cartera, pero yo tengo ancestros sorianos y le doy menos agilidad al prolegómeno. Su elección de masa madre le penaliza además por el sobrecoste, así que sostengo el amago y acaba pagando Ángel. Nos entregan el cambio, damos las gracias y nos marchamos.

No ha ocurrido nada extraordinario. Acabamos de poner en práctica cultura.

Durante apenas unos minutos hemos sabido dónde colocarnos, cuándo avanzar, quién debía ser atendido antes que nosotros, de qué manera dirigirnos a una persona desconocida, cómo solicitar aquello que queríamos, qué significaba el número pronunciado por la dependienta y qué debíamos hacer después de escucharlo. La trabajadora también sabía qué esperábamos de ella y nosotros sabíamos, aproximadamente, qué podía esperar ella de nosotros.

Nadie necesitó explicarnos las reglas antes de entrar.

Aprender a mirar cultura

En Cultura, antropología y otras tonterías, Díaz de Rada construye progresivamente su concepto de cultura mediante cuatro definiciones: cultura es una forma de vida social; es el conjunto de reglas con cuyo uso las personas dan forma a las relaciones que mantienen entre sí; es el conjunto de reglas con cuyo uso las personas dan forma a su acción social; y, finalmente, es también una descripción, hecha por alguien, de ese conjunto de reglas.

Detengámonos inicialmente en la tercera:

Cultura es el conjunto de reglas con cuyo uso las personas dan forma a su acción social.

La aparente sencillez de la definición es engañosa. Para comprenderla tenemos que abandonar algunas de las imágenes que habitualmente asociamos a la palabra cultura. Cultura deja de ser un inventario de objetos, conocimientos, tradiciones o manifestaciones artísticas y tampoco puede localizarse sin más en grupos humanos delimitados a partir de sus estéticas e imaginarios. No necesitamos viajar a ningún lugar especial para encontrar significados asociados a cultura.

Cultura está detrás por igual de Sálvame Deluxe que de la última obra del pintor o del poeta de turno. Belén Esteban es productora y receptora de cultura de la misma forma que Leonardo da Vinci o Beethoven. Cultura no son las cosas, sino los medios sociales mediante los cuales se producen, teniendo en cuenta que sus formas son diversas en nuestra especie.

Cualquier acción puede ser cultural siempre que en su forma intervenga alguna clase de relación social. Pensar, hablar, callar, recordar, mentir, cocinar o caminar adquieren formas culturalmente producidas. Cultura, desde esta perspectiva, pierde buena parte del exotismo con el que históricamente ha sido asociada y se instala en el territorio aparentemente trivial de la vida cotidiana.

Por eso podemos encontrarla en una panadería, en un taller mecánico, en un gabinete de abogados, en un parque infantil, en medio de la calle principal de una metrópolis o donde narices encontremos humanos haciendo cosas. Cultura está detrás de las construcciones, las carreteras, los semáforos, las albóndigas de tu abuela, el papel higiénico, tu impresora 3D, pisar una cucaracha, aborrecer el cerdo, los decretos ley, la corrupción política, la organización familiar, los diagnósticos escolares y tirar piedras a la vía.

«El conjunto de reglas…»

Volvamos a la cola.

Esperamos nuestro turno porque existe una pauta compartida acerca de cómo debe organizarse el espacio para el acceso al mostrador. Pero nadie necesita decirnos expresamente «ahora es su turno». Observamos quién estaba antes, quién llegó después y qué están haciendo los demás. En ocasiones preguntamos: «¿Quién va el último?». Cuando la persona que nos precede recoge su compra y se aparta, avanzamos.

Podemos imaginar ahora que alguien abre la puerta, camina directamente hacia el mostrador y pide una barra.

Algo cambia.

Una mirada, un gesto, un «perdone, estábamos antes» o incluso el silencio incómodo de quienes esperan revelan algo que hasta entonces permanecía casi invisible. La transgresión vuelve perceptible la regla.

Las reglas culturales no funcionan necesariamente como los artículos de un reglamento. Pueden encontrarse incorporadas a la práctica sin haber sido formuladas lingüísticamente y su relación con la acción concreta permanece parcialmente indeterminada. Podemos respetar el turno de muchas maneras, igual que podemos saludar diciendo «buenos días», inclinando ligeramente la cabeza, sonriendo o simplemente estableciendo durante un instante contacto visual.

Por eso una regla cultural tampoco permite predecir mecánicamente lo que hará una persona. Díaz de Rada lo expresa mediante una idea fundamental: no hay práctica social sin regla, pero no hay regla que pueda predecir, de una vez por todas, cómo será una práctica.

Cultura introduce regularidad sin convertir la acción humana en un programa automático.

Las convenciones, además, se construyen en prácticas comunicativas situadas y pueden estabilizarse progresivamente hasta adquirir formas materiales tan tangibles como leyes, muebles, planificaciones urbanísticas o grabaciones musicales. Nuestra panadería está también llena de ellas: el mostrador que separa espacios, la caja registradora, los carteles que identifican productos, los cestos de mimbre, la disposición de la cola o el dispositivo que permite pagar acercando una tarjeta.

La acción social nunca empieza completamente desde cero: se entreteje con reglas preexistentes, aunque también podemos intentar darles forma de manera planificada. La política es una de las vías mediante las que tratamos de producir cambios en las convenciones sociales. Pero no es la única.

Dar forma

Hay una palabra de la definición que merece especial atención: forma.

Imaginemos una situación bastante corriente. En tu trabajo hay una máquina expendedora de café. El vaso cuesta 70 céntimos, pero casi todo el mundo introduce una moneda de un euro y recoge los treinta céntimos de vuelta en la rendija. Un día decides no hacerlo. Coges las monedas y las dejas encima de una mesita situada junto a la máquina. Incluso colocas un pequeño cartel: «Por si no te llega». Al día siguiente vuelves a hacerlo. Y al otro también.

Durante un tiempo no ocurre gran cosa. Hasta que una mañana descubres que alguien ha dejado allí sus propias vueltas. Después aparece otro puñado de monedas. Unas semanas más tarde, sobre aquella mesa se forman pequeños montones de diez y veinte céntimos que unas personas dejan y otras utilizan. Nadie ha convocado una reunión para decidirlo, Recursos Humanos no ha redactado un protocolo y tampoco existe una persona encargada de comprobar quién aporta más dinero del que retira.

Simplemente, aquella ocurrencia comienza a adquirir forma.

Con el tiempo se ha establecido una práctica convencional alrededor de la máquina. Ya no resulta tan importante acordarse de llevar el euro exacto o bajar con la cartera. Quien utiliza treinta céntimos sabe que probablemente otro día dejará algunos. Podemos coger las monedas, pero esperamos que nadie vacíe el montón para llevárselo a casa. Si alguien lo hiciera sistemáticamente, probablemente aparecerían miradas, comentarios, reproches o, sencillamente, desaparecería el sistema.

La regla y la expectativa de su cumplimiento han transformado la acción y han producido incluso una nueva realidad material: ese pequeño montón de monedas junto a la cafetera.

Ahí podemos observar cultura.

Y el ejemplo resulta menos anecdótico de lo que parece. Cambiemos la oficina por una carretera secundaria de Suiza y podemos encontrarnos productos agrícolas o quesos ofrecidos sin vendedor, donde el comprador recoge aquello que desea y deja el dinero correspondiente. Cambian el escenario, los actores y las reglas concretas, pero reaparece algo reconocible: determinados intercambios son posibles porque existen convenciones y expectativas recíprocas que permiten coordinar las acciones de personas que ni siquiera necesitan conocerse.

Los resultados materiales de los fenómenos humanos dependen, en buena medida, de reglas convencionales que aparecen, se estabilizan, se transforman, desaparecen y se entretejen con nuestras formas de relacionarnos. Cultura se encuentra en ese cómo.

Y podemos seguir encontrándola fuera de la panadería. Caminamos por una avenida abarrotada sin mirar siquiera a los cientos de desconocidos con los que nos cruzamos; unas horas después recorremos un sendero perdido en el monte, aparece un único ser humano a doscientos metros y, cuando llega a nuestra altura, nos sale un «buenos días».

¿Por qué demonios saludamos a este y hemos ignorado a los otros quinientos?

Esas reglas tienen historia. Han tomado forma mediante experiencias, aprendizajes y expectativas anteriores que hacen que algunas maneras de actuar nos parezcan normales, otras extrañas y algunas directamente inaceptables. Pero tampoco determinan lo que sucederá: las reglas se utilizan, se negocian, se incumplen y también aparecen otras nuevas.

La panadería, la máquina de café o un sendero perdido en el monte comienzan entonces a parecer lugares antropológicamente mucho más interesantes.

La cultura no va de una en una

Cometeríamos otro error si, después de descubrir esas reglas, intentáramos aislar «la regla de hacer cola», «la regla de saludar» o «la regla de pagar» y tratáramos cada una de ellas como una pequeña unidad cultural independiente.

La palabra conjunto resulta decisiva.

Las reglas con las que damos forma a nuestras acciones no suelen presentarse de una en una, sino relacionadas entre sí, formando configuraciones o tramas. Una acción aparentemente sencilla como conducir, rezar, cenar con unos amigos o comprar una barra de pan moviliza simultáneamente multitud de reglas que adquieren sentido precisamente en relación con las demás.

Volvamos una vez más a nuestra panadería. El turno se relaciona con determinadas concepciones acerca de quién debe ser atendido primero; el intercambio económico, con reglas sobre la propiedad y el dinero; el saludo, con formas de reconocimiento interpersonal; la distancia entre los cuerpos, con convenciones acerca del espacio personal; la conversación, con reglas lingüísticas y pragmáticas; la relación entre cliente y dependiente, con posiciones, expectativas y obligaciones diferentes.

Todo está sucediendo a la vez.

El problema comienza cuando intentamos dibujar una frontera alrededor de ese conjunto y decir: «esto es una cultura». Las reglas se entrecruzan, presentan diferentes grados de coherencia y tampoco forman repertorios perfectamente delimitados. De ahí que expresiones como «la cultura china» o «la cultura española» resulten analíticamente problemáticas cuando convierten enormes conglomerados de personas en unidades culturales aparentemente delimitadas.

Díaz de Rada advierte además de un peligro particularmente antropológico: al describir esas configuraciones tendemos a introducir en ellas más sistematicidad, coherencia y límites de los que necesariamente presentan cuando están siendo vividas. En cierto modo, tratamos de ordenar analíticamente una realidad cuya totalidad siempre queda fuera de nuestro alcance.

Y aquí aparece un pequeño malestar personal con este concepto contemporáneo.

Regresemos a nuestra máquina de café. El primer día dejamos treinta céntimos junto a la cafetera y escribimos «por si no te llega». Al día siguiente volvemos a hacerlo. Una compañera nos imita el jueves. Dos personas utilizan las monedas el viernes. Tres semanas después hay un pequeño fondo común que casi todo el mundo conoce.

¿En qué momento apareció cultura?

¿En las primeras monedas? ¿Cuando otra persona comprendió nuestra intención? ¿Cuando decidió imitarnos? ¿Cuando apareció una expectativa compartida? ¿Necesitamos que participe la mayoría? ¿Cuánto tiempo debe mantenerse una práctica para considerarla una convención?

La frontera se vuelve sorprendentemente escurridiza.

Y quizá no podamos resolver el problema estableciendo un instante cero, porque las convenciones tampoco aparecen necesariamente de golpe. Díaz de Rada señala que se generan a partir de prácticas comunicativas situadas y que se van construyendo en el curso de la acción, pudiendo llegar posteriormente a estabilizarse. Entre dejar treinta céntimos por primera vez y encontrar seis meses después un bote rotulado como «Café» no tiene por qué existir una frontera precisa que separe espontaneidad y cultura. Hay un proceso de convencionalización que, a mi juicio, no se puede comprender como «cultura» en un momento exacto. De modo que hablamos siempre de interpretación de significados.

Incluso nuestra ocurrencia inicial difícilmente nace fuera de la cultura: dejar dinero para otros, escribir una nota o esperar reciprocidad moviliza convenciones anteriores. Lo nuevo reorganiza reglas existentes y quizá termine produciendo otras.

Por eso puede que la pregunta interesante no sea «¿cuándo empieza a ser cultura?», buscando el segundo exacto de la metamorfosis, sino cómo una ocurrencia adquiere forma, genera expectativas y termina —o no— estabilizándose como convención.

Cultura tiene forma, pero sus bordes son escurridizos. Y esto complica bastante las cosas al etnógrafo.

¿Tienen cultura las personas?

Aquí Díaz de Rada nos obliga a extremar la precisión del lenguaje. Y empiezan los problemas, porque utilizamos la palabra cultura para casi todo.

Hablamos de «cultura gamer», «cultura occidental», «cultura gitana» o «cultura empresarial». También decimos que alguien «tiene mucha cultura» o también que es «un inculto», como si la cultura fuese una especie de depósito que algunas personas llevan lleno mientras que otras circulan permanentemente en reserva.

Desde la perspectiva que estamos siguiendo, cualquier predicado cultural necesita vincularse a formas concretas y localizadas de acción social. Sin un dominio de acción de referencia, el concepto pierde capacidad analítica. Decir que alguien actúa de determinada manera «por su cultura» invierte fácilmente la dirección del análisis: convertimos aquello que deberíamos explicar en la explicación.

Díaz de Rada propone hacer justamente lo contrario: observar quién participa, qué relaciones mantiene, qué reglas pone en juego, cómo las ha aprendido, qué expectativas generan y qué sucede cuando alguien las incumple. Cultura deja entonces de comportarse como un personaje invisible capaz de dirigir a las personas desde algún lugar situado sobre sus cabezas. Son las personas quienes actúan poniendo en juego reglas convencionales. La cultura no tiene culpa de nada.

Esto complica también la distinción entre personas «cultas» e «incultas». Una persona puede haber leído muchísimo, disponer de una gran formación académica o distinguir a Mahler de Bruckner en veinte segundos. Otra puede diferenciar churras de merinas. Podemos hablar de conocimientos, formación, escolarización o información, pero ninguna de esas variables equivale a una cantidad acumulada de cultura.

¿Con qué la mediríamos? ¿Con un culturómetro? ¿Cuántos puntos damos por leer a Dostoievski y cuántos quitamos por ver Supervivientes? ¿Jugar al Warhammer proporciona cultura o la resta?

Cuando calificamos a alguien de «inculto», en realidad estamos valorando determinados conocimientos y prácticas tomando como referencia aquellos que socialmente han adquirido mayor prestigio. La pregunta antropológica sería: ¿quién decide qué formas de hacer y saber merecen ser llamadas «cultura» y cuáles quedan fuera?

Las personas, desde esta perspectiva, no tienen más o menos cultura. No existen las personas incultas porque todas producen y reciben cultura mediante la accíón social humana, y no hay una herramienta científica para medir la cultura de manera acumulativa.

Un diálogo con nuestra serie

Llegados a este punto, Díaz de Rada nos obliga a mirar de nuevo algunas de las definiciones que han pasado por esta serie. Tylor habló de aquel célebre «todo complejo»; Boas multiplicó las culturas y las introdujo en la historia; Benedict buscó configuraciones; Malinowski, relaciones entre prácticas e instituciones; Lévi-Strauss, estructuras; Geertz, tramas de significación y mapas simbólicos que guían nuestra conducta.

Díaz de Rada hace algo bastante menos espectacular: nos manda a comprar el pan.

Y allí nos pregunta qué reglas permiten que un puñado de desconocidos consiga entrar, esperar, pedir, pagar y marcharse sin organizar una trifulca cada mañana. Su definición nos devuelve a la acción y a la práctica situada.

Nos queda un último problema.

Imaginemos que llevamos tres meses observando nuestra panadería. Hemos visto clientes, conversaciones, colas, pequeños conflictos, saludos y algún que otro intento de colarse. Regresamos a casa, abrimos el cuaderno y escribimos:

«En esta panadería los clientes respetan el orden de llegada».

Acabamos de hacer algo bastante serio: hemos convertido cientos de acontecimientos en una descripción.

Aquí aparece la cuarta definición de Díaz de Rada:

Cultura es una descripción, hecha por alguien, del conjunto de reglas con cuyo uso las personas dan forma a su acción social.

Y ese «hecha por alguien» es importante.

En realidad, Díaz de Rada acaba de darnos más trabajo. Con lo bonito que sería llegar al campo con un listado de ítems y con un apartado de observaciones debajo de cada uno de ellos. Esto sería algo más parecido a trabajar desde otras ópticas de nuestros antecesores.

Salimos de la panadería

Ángel Díaz de Rada ya tiene su hogaza de masa madre a medio tostar. Conviene dejarle marchar.

Nosotros queríamos buscar cultura y no encontramos cuadros, bailes tradicionales, grandes obras literarias ni pueblos remotos. Encontramos una cola. Y esto resulta más que suficiente.

Desde esa cola podemos reconstruir procesos que ni siquiera han sucedido dentro de la panadería y que, sin embargo, participan en la forma que adquiere cada mañana. Basta con mirar la marca de la amasadora, el origen del horno, las técnicas con las que se trabaja el pan, su precio, la procedencia de los cereales, las normativas sanitarias, los horarios comerciales, las formas de pago o las palabras con las que pedimos una hogaza.

Tirando de cualquiera de esos hilos aparecen tecnologías, migraciones, documentos, aprendizajes, tradiciones, conflictos, mercados y relaciones que atraviesan escalas locales, nacionales e incluso transnacionales.

La descripción puede ser tan densa como lejos estemos dispuestos a seguir esas relaciones. Y entonces aquella pequeña cola deja de ser tan pequeña.

Un antropólogo veterano sale a comprar una hogaza y puede volver a casa con media humanidad metida en el cuaderno.


El libro se puede conseguir aquí:

BIBLIOGRAFÍA

Díaz de Rada, Á. (2012). Cultura, antropología y otras tonterías. Trotta.


Descubre más desde ACTIVIDAD ANTROPOLÓGICA

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario

Ofrecido por WordPress.com.

Subir ↑

Descubre más desde ACTIVIDAD ANTROPOLÓGICA

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo