|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Antes de bajarse de la lancha: por qué Malinowski lo estropea todo (para bien)
Hablar del trabajo de campo en antropología es, nos guste o no, hablar de Bronislaw Malinowski. No porque fuera el primero en viajar lejos, ni el primero en convivir con “nativos”, ni siquiera el primero en tomar notas. Lo que hizo fue bastante peor: obligó a los demás a hacerlo también.
Antes de Malinowski, buena parte de la antropología se practicaba con una comodidad envidiable. El investigador se sentaba en su despacho europeo, rodeado de libros, informes coloniales y cartas de misioneros, y desde ahí explicaba cómo funcionaban sociedades que no había visto jamás. El trabajo sucio —el barro, el calor, la incomodidad— lo hacían otros. Administradores coloniales, comerciantes, curas con tiempo libre y viajeros con ínfulas científicas. El antropólogo, mientras tanto, teorizaba.
Todo muy civilizado.
El problema es que Malinowski se tomó en serio la idea de entender cómo funciona una cultura. Y claro, eso implicaba una decisión poco popular: ir allí, quedarse, aprender la lengua y dejar de hablar de los “indígenas” como si fueran cromos mal clasificados.
El accidente que funda un método
Conviene desmontar un mito desde el principio: Malinowski no llega a Melanesia como un héroe romántico con el método etnográfico bajo el brazo. Llega, en parte, porque no le queda otra. La Primera Guerra Mundial, las restricciones de movimiento y su propia situación personal lo dejan atrapado durante largos periodos en el terreno.
Lo que para cualquiera habría sido una putada logística, para la antropología fue una bendición metodológica.
Aislado, sin una comunidad blanca cómoda a la que volver cada tarde, Malinowski se ve forzado a hacer algo escandaloso para la época: vivir con la gente a la que pretende estudiar. No visitarlos. No entrevistarlos puntualmente. Vivir allí. Dormir allí. Aburrirse allí.
Y así acaba en las Islas Trobriand, un lugar que pasará a la historia de la antropología como el escenario donde el despacho se hunde definitivamente en el Pacífico.

Islas Trobriand, Papúa Nueva Guinea
Paisaje y asentamientos tradicionales en las Islas Trobriand, Melanesia.
Fuente: archivo fotográfico histórico / dominio público – inicios del siglo XX.

Bronislaw Malinowski durante su trabajo de campo
Bronislaw Malinowski en las Islas Trobriand durante su estancia etnográfica (ca. 1915–1918).
Fuente: archivo etnográfico / dominio público.

Sistema Kula en las Islas Trobriand
Objetos rituales del sistema de intercambio Kula documentado por Malinowski en Melanesia.
Fuente: archivo antropológico / dominio público.
Cuando los datos no sirven para nada
Uno de los aspectos más brillantes de Malinowski es que reconoce que al principio no entiende absolutamente nada. Hace lo que se suponía que había que hacer: censos, genealogías, listas de objetos, esquemas de parentesco. Datos. Montones de datos.
¿Resultado? Cero comprensión.
Todo ese material es, en sus propias palabras, material muerto. Sirve para rellenar cuadernos, pero no para entender cómo piensa la gente, cómo se relaciona, qué demonios está pasando ahí dentro. No hay “sentido de la vida tribal”, no hay lógica social, no hay nada que no pueda haberse escrito desde una oficina colonial.
Y aquí aparece una idea incómoda que marcará a generaciones enteras de estudiantes: el problema no es la falta de información, sino la distancia. Mientras el antropólogo siga siendo un visitante ocasional, seguirá viendo caricaturas.
La gran herejía de Malinowski no es teórica, es práctica. Vivir entre los habitantes locales. No con los comerciantes. No con los misioneros. No con otros europeos que “ya llevan aquí años y lo saben todo” (y no saben absolutamente nada que valga la pena).
Quedarse implica aprender la lengua de verdad, no su versión pidgin mutilada. Implica aceptar que la comunicación es torpe, lenta y frustrante. Implica pasar horas sin que ocurra nada aparentemente relevante. Implica asumir que la información importante no se obtiene preguntando, sino observando lo que la gente hace cuando no te está explicando nada.
Este es el punto exacto en el que el trabajo de campo deja de ser una técnica y se convierte en una experiencia incómoda, casi antiprofesional. Y justo por eso funciona.
En las Trobriand se consigue la demolición del «primitivo». El caso del Kula es paradigmático. Un sistema de intercambio que, visto desde fuera, parece absurdo: objetos que no sirven para nada útil circulando eternamente entre islas. Si uno se queda en la superficie, el juicio está servido.
Pero al convivir, al observar, al insistir, aparece lo que los informes coloniales jamás vieron: una red compleja de prestigio, alianzas, obligaciones morales, memoria social y poder simbólico. No hay nada “primitivo” ahí. Hay sistema. Hay lógica. Hay sofisticación.
Nada de esto habría sido visible sin tiempo, sin convivencia y sin asumir el fracaso inicial como parte del método.
Con la publicación de Los Argonautas del Pacífico Occidental, la antropología pierde para siempre la excusa de no ensuciarse las botas. A partir de aquí, el trabajo de campo ya no es una recomendación amable, sino una obligación incómoda. Malinowski no inventa solo un método. Inventa un problema: ahora el antropólogo tiene que estar allí, implicarse, asumir su posición, reconocer sus límites y aceptar que entender a otros nunca es rápido ni limpio.
Y es exactamente desde esa incomodidad desde donde arranca el memorable fragmento que viene a continuación. Si consigues meterte por un momento en el pellejo de Malinowsi teniendo en cuenta su contexto histórico, se te caen los genitales al suelo.
El trabajo de campo (por Bronislaw Malinowski)
Imagínese que de repente está en tierra, rodeado de todos sus pertrechos, solo en una playa tropical cercana de un poblado indígena, mientras ve alejarse hasta desaparecer la lancha que le ha llevado.
Desde que uno instala su residencia en un compartimento de la vecindad blanca, de comerciantes o misioneros, no hay otra cosa que hacer sino empezar directamente el trabajo de etnógrafo. Imagínese, además, que es usted un principiante, sin experiencia previa, sin nada que le guíe ni nadie para ayudarle. Se da el caso de que el hombre blanco está temporalmente ausente, o bien ocupado, o bien que no desea perder el tiempo en ayudarle. Eso fue exactamente lo que ocurrió en mi iniciación en el trabajo de campo, en la costa sur de Nueva Guinea. Recuerdo muy bien las largas visitas que rendí a los poblados durante las primeras semanas, y el descorazonamiento y la desesperanza que sentía después de haber fallado rotundamente en los muchos intentos, obstinados pero inútiles, de entrar en contacto con los indígenas o de hacerme con algún material. Tuve períodos de tal desaliento que me encerré a leer novelas como un hombre pueda darse a la bebida en el paroxismo de la depresión y el aburrimiento del trópico.
Imagínese luego haciendo su primera entrada en una aldea, solo o acompañado de un cicerone blanco. Algunos indígenas se agrupan a su alrededor, sobre todo si huele a tabaco. Otros, los más dignos y de mayor edad, permanecen sentados en sus sitios. Su compañero blanco tiene su propia forma rutinaria de tratar a los indígenas y no entiende nada, ni le importa mucho la manera en que uno, como etnógrafo, se les aproximaría. La primera visita le deja con la esperanza de que al volver solo las cosas serán más fáciles. Por lo menos, tales eran mis esperanzas.
Volví a su debido tiempo y pronto reuní una audiencia a mi alrededor. Cruzamos unos cuantos cumplidos en pidgin-English, se ofreció tabaco y tomamos así un primer contacto en una atmósfera de mutua cordialidad. Luego intenté proceder a mis asuntos. En primer lugar, para empezar con temas que no pudieran despertar suspicacias, comencé a «hacer» tecnología. Unos cuantos indígenas se pusieron a fabricar diversos objetos. Fue fácil observarlos y conseguir los nombres de las herramientas e incluso algunas expresiones técnicas sobre los distintos procedimientos; pero eso fue todo. Debe tenerse en cuenta que el pidgin-English es un instrumento muy imperfecto para expresar las ideas y que, antes de adquirir soltura en formular las preguntas y entender las contestaciones, se tiene la desagradable impresión de que nunca se conseguirá completamente la libre comunicación con los indígenas; y en un principio yo fui incapaz de entrar en más detalles o en una conversación explícita con 22 de ellos. Sabía que el mejor remedio era ir recogiendo datos concretos, y obrando en consecuencia hice un censo del poblado, tomé notas de las genealogías, levanté planos y registré los términos de parentesco. Pero todo esto quedaba como material muerto que no me permitía avanzar en la comprensión de la mentalidad y el verdadero comportamiento del indígena, ya que no conseguí sacarles a mis interlocutores ninguna interpretación sobre estos puntos, ni pude captar lo que llamaríamos el sentido de la vida tribal. Tampoco avancé un paso en el conocimiento de sus ideas religiosas y mágicas, ni en sus creencias sobre la hechicería y los espíritus, a excepción de unos cuantos datos superficiales del folklore, encima mutilados por el uso forzado del pidgin-English.
La información que recibí por boca de algunos residentes blancos del distrito, de cara a mi trabajo, fue todavía más desanimadora que todo lo demás. Había hombres que habían vivido allí durante años, con constantes oportunidades de observar a los indígenas y comunicarse con ellos, y que, sin embargo, a duras penas sabían nada que tuviera interés. ¿Cómo podía, pues, confiar en ponerme a su nivel o superarlos en unos cuantos meses o en un año? Además, la forma en que mis informantes blancos hablaban sobre los indígenas y emitían sus puntos de vista era, naturalmente, la de mentes inexpertas y no habituadas a formular sus pensamientos con algún grado de coherencia y precisión. Y en su mayoría, como es de suponer, estaban llenos de prejuicios y opiniones tendenciosas inevitables en el hombre práctico medio, ya sea administrador, misionero o comerciante, opiniones que repugnan a quien busca la objetividad y se esfuerza por tener una visión científica de las cosas. La costumbre de tratar con superioridad y suficiencia lo que para el etnólogo es realmente serio, el escaso valor conferido a lo que para él es un tesoro científico —me refiero a la autonomía y las peculiaridades culturales y mentales de los indígenas—, esos tópicos tan frecuentes en los textos de los amateurs, fueron la tónica general que encontré entre los residentes blancos [1].
De hecho, en mi primer período de investigación en la costa del sur no logré ningún progreso hasta que estuve solo en la zona; y en todo caso, lo que descubrí es dónde reside el secreto de un trabajo de campo efectivo. ¿Cuál es, pues, la magia del etnógrafo que le permite captar el espíritu de los indígenas, el auténtico cuadro de la vida tribal? Como de costumbre, sólo obtendremos resultados satisfactorios si aplicamos paciente y sistemáticamente cierto número de reglas de sentido común y los principios científicos demostrados, y nunca mediante el descubrimiento de algún atajo que conduzca a los resultados deseados sin esfuerzo ni problemas. Los principios metodológicos pueden agruparse bajo tres epígrafes principales; ante todo, el estudioso debe albergar propósitos estrictamente científicos y conocer las normas y los criterios de la etnografía moderna. En segundo lugar, debe colocarse en buenas condiciones para su trabajo, es decir, lo más importante de todo, no vivir con otros blancos, sino entre los indígenas. Por último, tiene que utilizar cierto número de métodos precisos en orden a recoger, manejar y establecer sus pruebas. Es necesario decir unas pocas palabras sobre estas tres piedras angulares del trabajo de campo, empezando por la segunda, la más elemental.
[1] Debo hacer notar, desde un principio, que había unas cuantas agradables excepciones. Por sólo mencionar a mis amigos: Billy Hancock, en las Trobriand; Mr. Raffael Brudo, otro comerciante de perlas; y el misionero Mr. M. K. Gilmour.
BIBLIOGRAFÍA
Acceso a las fuentes
🟢 Textos de acceso libre
🔵 Enlaces a Amazon (apoyan a la web)
Nota legal
Los textos de acceso libre aquí mencionados están disponibles para consulta en repositorios culturales y académicos de acceso abierto, como Monoskop y otros archivos digitales sin ánimo de lucro.
Esta página no aloja los archivos ni reclama derechos sobre ellos. Los enlaces se facilitan exclusivamente con fines culturales, educativos y de difusión del conocimiento.
Descubre más desde ACTIVIDAD ANTROPOLÓGICA
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.











Hola! Muchas gracias por colgar este texto. Tengo por aqui alguna obra de Malinowski pero, a decir verdad, no me he dado el tiempo requerido para leerla completa. Lo que sí, afortunadamente, he hecho es abrevar de las mismas fuentes que el polaco britanizado (disculpas pido por mi arrogancia) visitando Mailu, las Trobriands (Kiriwina, Kitava, Kaileuna), las Amphletts (Nabwageta, Gumawana) y las Entrecasteaux (Normanby, Fergusson, Goodenough). La primera vez lo hice en un crucero, con mayoría de blancos y solo por unas horas en cada lugar, pero ese viaje inflamó mi interés y finalmente pude pasar cerca de un mes en la región Massim, solo, sin blancos a la vista, salvo contadas excepciones. Así, me desplacé en lanchas y barquitos que conectan esas islas en Samarai, Goodenough (con recolectores de pepinos de mar y de caracoles), Nabwageta y Gumawana (4 dias gloriosos observando la fabricacion de sus legendarios ceramios y colectando instrumentos para la masticacion de la nuez ateca = buai), Kiriwina (recolectando más instrumentos para el buai y preciosas esteras de pandanus), etc. Un tercer viaje me llevó de Port Moresby a Mailu en la última canoa doble a vela (una pariente de las lakatois): 5 dias navegando a merced de escasos vientos, desembarcando aqui y alla en aldeas costeras y aprendiendo un poco de motu con los nativos. El regreso del paraíso terrenal (Mailu) no fue menos aventuroso: en lanchas rapidas y camion, pernoctando en pequeñas aldeas. Su nota me ha traido muchos recuerdos. Aclaracion: no soy etnógrafo, pero procuro conocer lo más que puedo sobre pueblos y su cultura material de libros… y mucho más: in situ, conversando con los locales (lamentablemente, he olvidado mi tok pisin y el poco motu que aprendí). Cordiales, agradecidos saludos.
Muy buenas Juan Carlos.
No es necesario ser etnógrafo para disfrutar de las influencias de Malinowski, aunque eso es algo que usted ya ha podido comprobar, y de manera muy satisfactoria según lo transmite.
«Los Argonautas del Pacífico Occidental», en su narrativa, se asemeja más a una obra novelística y de aventuras que a una etnografía en el apartado narrativo. Sin embargo, en una mirada etnográfica se pueden aprender múltiples maneras de expresar aspectos sociales y culturales como el análisis del parentesco o la percepción localizada de la propiedad privada, inmersas en elementos políticos y formas de poder simbólicas, así como es una buena lectura para el análisis de la igualdad/desigualdad en los recursos socialmente valorados.
De igual manera, entiendo que la literatura de Malinowski sea tan atractiva para casi cualquier público, porque es una representación de la Antropología «romántica», vinculada al riesgo y la exploración de lo desconocido. Además, Malinowski contribuyó en un contexto colonial africano a la «indirect rule»; esto quiere decir que ya tenía ciertas reticencias a las formas de gobierno directo mediante la imposición generalmente de la fuerza. Aunque no defenderé la «indirect rule», hay que entenderla desde el propio contexto colonial. Comenzar a tratar con los líderes nativos fue un avance en su tiempo y espacio, aunque los propósitos fueran igualmente imperialistas.
En definitiva, aunque tal vez de distintas maneras, es normal que Malinowski nos haya influido tanto, fue un verdadero crack en múltiples sentidos.
Saludos Juan Carlos.
Muy buena página sobre nuestra amada profesión. Solo una atingencia. Creo que preguntando, más que observando, Malinowski pudo entender varias cosas de la mente nativa trobiand. En su artículo sobre los baloma entiende que para ellos no hay una relación entre contacto copular y embarazo, pero cuando les pregunta si en los animales es lo mismo, se sorprende cuando le responde que en ese caso sí la hay. Preguntando entiende que los baloma están presentes, son «causantes» del embarazo, que los nativos tienen una idea sobre la reencarnación, etc. Preguntar y observar son dos caras del método etnográfico. Muchos saludos.
Muy buenas Víctor.
Tienes toda la razón. Las preguntas son muy necesarias y, en mi opinión, complementarias.
Otra historia es dedicarse a hacer muchas preguntas y meter poco tiempo a comprender los significados mediante la observación y la posición intersubjetiva. Recuerdo un gran profesor que siempre me decía que las preguntas y, sobre todo los formatos de entrevista deben estar siempre supeditadas a la observación en el campo y no al contrario.
Por poner un ejemplo, cuando los viajeros o turistas aterrizan en el campo y se ponen a buscar conversaciones con todo el que pueden, al volver a casa, creen que saben cómo funciona un país entero porque «me lo ha dicho un cubano»; «me lo ha dicho un chino», «me lo ha dicho un arapesh».
Si reformulas las mismas preguntas, en mi caso, en el territorio español, por ejemplo, entrevistando o preguntando a jugadores de mus en diferentes bares de distintos barrios de la misma ciudad, te darán respuestas muy diferentes y seguro que contradictorias: España es esto o es lo otro; va muy bien o va muy mal; es muy segura o es insegura; los políticos son unos ladrones o hay algunos honrados.
Pese a estar en un territorio muy pequeño, de unos pocos kilómetros cuadrados, las respuestas van a ser muy heterogéneas. Puede ser un serio problema partir la inducción de respuestas concretas de informantes determinados. Y es un problema que han tenido numerosos antropólogos clásicos, una creencia en la homogeneidad, en las identidades herméticas que han servido para crear literatura sobre grupos como si se describiese su totalidad, como le ocurrió a Margaret Mead o a Levi-Strauss.
Hoy en día estos «grupos totales» son imposibles. Hay significados por todas partes y el entrenamiento del antropólogo está para reconocerlos y poder traducirlos.
Bajo mi punto de vista, es cuando reconoces los significados de las respuestas a las preguntas sin demasiado extrañamiento y los puedes hilar bien con una estructura de conocimientos que parten de la observación y la participación en el grupo cuando se está haciendo etnografía en una buena dirección.
Saludos.