EL ORIGEN DEL “TRABAJO DE CAMPO” DE MALINOWSKI Y LAS ISLAS TROBRIAND + DOCUMENTAL

Dejo más adelante un breve fragmento de la introducción de Malinowski en “Los Argonautas del Pacífico Occidental”, en el subapartado “El Trabajo de Campo”.

Este fragmento de la introducción es absolutamente imprescindible para cualquier antropólogo o aspirante “a”. Su claridad, sencillez, brillantez, atrevimiento, transgresión, son a mis ojos inigualables. Estamos hablando de un individuo que se mete en la segunda década del siglo XX, de entre otros sitios en Melanesia para realizar registros antropológicos sistemáticos basados en la producción de datos empíricos mediante observación participante y el todopoderoso trabajo de campo tan característico de esta disciplina.

“Los Argonautas del Pacífico Occidental” es considerado dentro de un gran consenso en la antropología como la base fundacional del trabajo de campo y el método etnográfico. Malinowski lo cambió todo, los investigadores comenzaron a considerar el trabajo de campo como la principal fuente de fiabilidad en la producción de datos empíricos.

Por cierto, el libro es una verdadera joya, es muy difícil de encontrar a no ser de que a alguien no le importe pagar 100 pavos en alguna tienda online. En los mercadillos de libros y libreros antiguos, con mucha mucha suerte os podéis hacer con un ejemplar. Lo más cerca que estuve de conseguirlo en su primera edición fue en Madrid en unos puestos de calle cerca de Atocha. El tipo me dijo que había vendido un ejemplar unos días atrás, por 6 euritos.

El fragmento de la introducción y el documental tras el salto.

Y ahora pongámonos en su contexto. A mí se me cae el culo al suelo tan sólo con leer las dos primeras líneas…

EL TRABAJO DE CAMPO (por Bronislaw Malinowski)

Imagínese que de repente está en tierra, rodeado de todos sus pertrechos, solo en una playa tropical cercana de un poblado indígena, mientras ve alejarse hasta desaparecer la lancha que le ha llevado.

Desde que uno instala su residencia en un compartimento de la vecindad blanca, de comerciantes o misioneros, no hay otra cosa que hacer sino empezar directamente el trabajo de etnógrafo. Imagínese, además, que es usted un principiante, sin experiencia previa, sin nada que le guíe ni nadie para ayudarle. Se da el caso de que el hombre blanco está temporalmente ausente, o bien ocupado, o bien que no desea perder el tiempo en ayudarle. Eso fue exactamente lo que ocurrió en mi iniciación en el trabajo de campo, en la costa sur de Nueva Guinea. Recuerdo muy bien las largas visitas que rendí a los poblados durante las primeras semanas, y el descorazonamiento y la desesperanza que sentía después de haber fallado rotundamente en los muchos intentos, obstinados pero inútiles, de entrar en contacto con los indígenas o de hacerme con algún material. Tuve períodos de tal desaliento que me encerré a leer novelas como un hombre pueda darse a la bebida en el paroxismo de la depresión y el aburrimiento del trópico.

Imagínese luego haciendo su primera entrada en una aldea, solo o acompañado de un cicerone blanco. Algunos indígenas se agrupan a su alrededor, sobre todo si huele a tabaco. Otros, los más dignos y de mayor edad, permanecen sentados en sus sitios. Su compañero blanco tiene su propia forma rutinaria de tratar a los indígenas y no entiende nada, ni le importa mucho la manera en que uno, como etnógrafo, se les aproximaría. La primera visita le deja con la esperanza de que al volver solo las cosas serán más fáciles. Por lo menos, tales eran mis esperanzas.

Volví a su debido tiempo y pronto reuní una audiencia a mi alrededor. Cruzamos unos cuantos cumplidos en pidgin-English, se ofreció tabaco y tomamos así un primer contacto en una atmósfera de mutua cordialidad. Luego intenté proceder a mis asuntos. En primer lugar, para empezar con temas que no pudieran despertar suspicacias, comencé a «hacer» tecnología. Unos cuantos indígenas se pusieron a fabricar diversos objetos. Fue fácil observarlos y conseguir los nombres de las herramientas e incluso algunas expresiones técnicas sobre los distintos procedimientos; pero eso fue todo. Debe tenerse en cuenta que el pidgin-English es un instrumento muy imperfecto para expresar las ideas y que, antes de adquirir soltura en formular las preguntas y entender las contestaciones, se tiene la desagradable impresión de que nunca se conseguirá completamente la libre comunicación con los indígenas; y en un principio yo fui incapaz de entrar en más detalles o en una conversación explícita con 22 de ellos. Sabía que el mejor remedio era ir recogiendo datos concretos, y obrando en consecuencia hice un censo del poblado, tomé notas de las genealogías, levanté planos y registré los términos de parentesco. Pero todo esto quedaba como material muerto que no me permitía avanzar en la comprensión de la mentalidad y el verdadero comportamiento del indígena, ya que no conseguí sacarles a mis interlocutores ninguna interpretación sobre estos puntos, ni pude captar lo que llamaríamos el sentido de la vida tribal. Tampoco avancé un paso en el conocimiento de sus ideas religiosas y mágicas, ni en sus creencias sobre la hechicería y los espíritus, a excepción de unos cuantos datos superficiales del folklore, encima mutilados por el uso forzado del pidgin-English.

La información que recibí por boca de algunos residentes blancos del distrito, de cara a mi trabajo, fue todavía más desanimadora que todo lo demás. Había hombres que habían vivido allí durante años, con constantes oportunidades de observar a los indígenas y comunicarse con ellos, y que, sin embargo, a duras penas sabían nada que tuviera interés. ¿Cómo podía, pues, confiar en ponerme a su nivel o superarlos en unos cuantos meses o en un año? Además, la forma en que mis informantes blancos hablaban sobre los indígenas y emitían sus puntos de vista era, naturalmente, la de mentes inexpertas y no habituadas a formular sus pensamientos con algún grado de coherencia y precisión. Y en su mayoría, como es de suponer, estaban llenos de prejuicios y opiniones tendenciosas inevitables en el hombre práctico medio, ya sea administrador, misionero o comerciante, opiniones que repugnan a quien busca la objetividad y se esfuerza por tener una visión científica de las cosas. La costumbre de tratar con superioridad y suficiencia lo que para el etnólogo es realmente serio, el escaso valor conferido a lo que para él es un tesoro científico —me refiero a la autonomía y las peculiaridades culturales y mentales de los indígenas—, esos tópicos tan frecuentes en los textos de los amateurs, fueron la tónica general que encontré entre los residentes blancos [1].

De hecho, en mi primer período de investigación en la costa del sur no logré ningún progreso hasta que estuve solo en la zona; y en todo caso, lo que descubrí es dónde reside el secreto de un trabajo de campo efectivo. ¿Cuál es, pues, la magia del etnógrafo que le permite captar el espíritu de los indígenas, el auténtico cuadro de la vida tribal? Como de costumbre, sólo obtendremos resultados satisfactorios si aplicamos paciente y sistemáticamente cierto número de reglas de sentido común y los principios científicos demostrados, y nunca mediante el descubrimiento de algún atajo que conduzca a los resultados deseados sin esfuerzo ni problemas. Los principios metodológicos pueden agruparse bajo tres epígrafes principales; ante todo, el estudioso debe albergar propósitos estrictamente científicos y conocer las normas y los criterios de la etnografía moderna. En segundo lugar, debe colocarse en buenas condiciones para su trabajo, es decir, lo más importante de todo, no vivir con otros blancos, sino entre los indígenas. Por último, tiene que utilizar cierto número de métodos precisos en orden a recoger, manejar y establecer sus pruebas. Es necesario decir unas pocas palabras sobre estas tres piedras angulares del trabajo de campo, empezando por la segunda, la más elemental.


[1] Debo hacer notar, desde un principio, que había unas cuantas agradables excepciones. Por sólo mencionar a mis amigos: Billy Hancock, en las Trobriand; Mr. Raffael Brudo, otro comerciante de perlas; y el misionero Mr. M. K. Gilmour.

3 comentarios

  • Hola! Muchas gracias por colgar este texto. Tengo por aqui alguna obra de Malinowski pero, a decir verdad, no me he dado el tiempo requerido para leerla completa. Lo que sí, afortunadamente, he hecho es abrevar de las mismas fuentes que el polaco britanizado (disculpas pido por mi arrogancia) visitando Mailu, las Trobriands (Kiriwina, Kitava, Kaileuna), las Amphletts (Nabwageta, Gumawana) y las Entrecasteaux (Normanby, Fergusson, Goodenough). La primera vez lo hice en un crucero, con mayoría de blancos y solo por unas horas en cada lugar, pero ese viaje inflamó mi interés y finalmente pude pasar cerca de un mes en la región Massim, solo, sin blancos a la vista, salvo contadas excepciones. Así, me desplacé en lanchas y barquitos que conectan esas islas en Samarai, Goodenough (con recolectores de pepinos de mar y de caracoles), Nabwageta y Gumawana (4 dias gloriosos observando la fabricacion de sus legendarios ceramios y colectando instrumentos para la masticacion de la nuez ateca = buai), Kiriwina (recolectando más instrumentos para el buai y preciosas esteras de pandanus), etc. Un tercer viaje me llevó de Port Moresby a Mailu en la última canoa doble a vela (una pariente de las lakatois): 5 dias navegando a merced de escasos vientos, desembarcando aqui y alla en aldeas costeras y aprendiendo un poco de motu con los nativos. El regreso del paraíso terrenal (Mailu) no fue menos aventuroso: en lanchas rapidas y camion, pernoctando en pequeñas aldeas. Su nota me ha traido muchos recuerdos. Aclaracion: no soy etnógrafo, pero procuro conocer lo más que puedo sobre pueblos y su cultura material de libros… y mucho más: in situ, conversando con los locales (lamentablemente, he olvidado mi tok pisin y el poco motu que aprendí). Cordiales, agradecidos saludos.

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  • Muy buenas Juan Carlos.
    No es necesario ser etnógrafo para disfrutar de las influencias de Malinowski, aunque eso es algo que usted ya ha podido comprobar, y de manera muy satisfactoria según lo transmite.
    “Los Argonautas del Pacífico Occidental”, en su narrativa, se asemeja más a una obra novelística y de aventuras que a una etnografía en el apartado narrativo. Sin embargo, en una mirada etnográfica se pueden aprender múltiples maneras de expresar aspectos sociales y culturales como el análisis del parentesco o la percepción localizada de la propiedad privada, inmersas en elementos políticos y formas de poder simbólicas, así como es una buena lectura para el análisis de la igualdad/desigualdad en los recursos socialmente valorados.
    De igual manera, entiendo que la literatura de Malinowski sea tan atractiva para casi cualquier público, porque es una representación de la Antropología “romántica”, vinculada al riesgo y la exploración de lo desconocido. Además, Malinowski contribuyó en un contexto colonial africano a la “indirect rule”; esto quiere decir que ya tenía ciertas reticencias a las formas de gobierno directo mediante la imposición generalmente de la fuerza. Aunque no defenderé la “indirect rule”, hay que entenderla desde el propio contexto colonial. Comenzar a tratar con los líderes nativos fue un avance en su tiempo y espacio, aunque los propósitos fueran igualmente imperialistas.
    En definitiva, aunque tal vez de distintas maneras, es normal que Malinowski nos haya influido tanto, fue un verdadero crack en múltiples sentidos.
    Saludos Juan Carlos.

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  • Pingback: Bronislaw Malinowski : El adiós a la antropología de sillón | ACTIVIDAD ANTROPOLÓGICA

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