LOS THERIAN Y LAS DISCONTINUIDADES CULTURALES

Hay momentos en los que sentimos que el mundo ya no sigue la línea que parecía lógica.

El abuelo que trabajó toda su vida en un taller mecánico y que ahora apenas entiende a su hijo con carrera y máster cuando dialogan, parecen no hablar el mismo idioma a la hora de explicar las mismas cosas de la vida cotidiana.

La madre que no logra comprender el universo digital en el que prácticamente vive su hija adolescente. O qué decir de esta imagen, cada vez más frecuente en la que dos entornos material y simbólicamente opuestos históricamente se entrecruzan de manera repentina.

Eso es una discontinuidad cultural.

Pero ¿qué es exactamente una discontinuidad cultural?

No es simplemente cambio. La cultura está en permanente cambio. La discontinuidad aparece cuando se rompe la continuidad simbólica: cuando los valores, los códigos y la forma habitual de entender “cómo son las cosas” dejan de encajar entre sí. El curso cultural cotidiano se interrumpe. Lo que parecía coherente empieza a resultar extraño.

Imaginemos otra escena.

¿Qué pasaría si nuestro tatarabuelo levantara la cabeza y, por error, entrara en un concierto de crowdkilling?

Personas lanzando puñetazos y patadas en medio de la pista. Golpes reales. Cuerpos chocando. Energía desbordada. Desde fuera podría parecer una pelea caótica. Sin embargo, dentro de ciertos contextos del hardcore punk o del beatdown hardcore, existe un código implícito. Es violencia ritualizada, performativa, no necesariamente dirigida a destruir sino a descargar energía colectiva.

Nuestro tatarabuelo no lo vería así. Vería agresión sin sentido. Pérdida de normas. Desorden moral.

Y ahí está la discontinuidad cultural.

No es que el concierto sea “enfermo” ni que el tatarabuelo sea “ignorante”. Es que pertenecen a órdenes simbólicos distintos. Lo que para uno es ritual energético, para otro es ruptura absoluta del orden social. La continuidad cultural que vinculaba “música” con “espectáculo organizado y controlado” se ha desplazado hacia otra forma de expresión corporal más extrema.

La escena del escritorio frente al prado funciona igual. Técnicamente posible. Culturalmente disruptiva. Durante décadas, lo rural se asoció a trabajo físico y lo digital a entornos urbanos y tecnológicos. Hoy conviven. La línea se dobla.

No es casual que muchas de estas discontinuidades se aceleren en entornos digitales. Internet no solo conecta espacios; conecta imaginarios. Permite que prácticas antes marginales se hagan visibles, se compartan y encuentren comunidad. Lo que antes quedaba aislado hoy dispone de lenguaje, reconocimiento y sentido de pertenencia.

Con el tiempo, esos imaginarios hiperconectados no permanecen únicamente en la esfera virtual: se trasladan, se encarnan y se formalizan en espacios físicos. Es ahí donde se intensifica la discontinuidad. Cuando formas de entender el mundo legitimadas bajo las reglas de las culturas digitales irrumpen en escenarios donde operan otras lógicas —a menudo intergeneracionales— se produce una explosión, una disonancia cognitiva colectiva.

Estas conexiones entre lo digital y lo físico reúnen todos los ingredientes para generar pequeñas fracturas en el espacio-tiempo cultural: momentos en los que las continuidades heredadas se ven interpeladas por nuevas narrativas que ya no encajan del todo en el orden previo.

La discontinuidad cultural aparece cuando dos lógicas que antes estaban separadas se superponen sin encajar del todo.

Con el fenómeno therian sucede algo parecido.

Las personas que se identifican como therian afirman experimentar una identidad animal —lobo, felino, ave u otros— en un cuerpo humano. No hablan necesariamente de transformación física ni de perder contacto con la realidad. Hablan de identidad, de vivencia interna, de una sensación persistente de no encajar del todo en la categoría “humano” tal como se define culturalmente.

Aquí aparece una ruptura más profunda.

En la cultura occidental moderna hemos construido una continuidad muy sólida: humano equivale a racional, cultural, separado de la naturaleza. Animal equivale a instintivo, natural, no cultural. Esa división no es biológica —todos somos organismos— sino simbólica. Es una manera histórica de ordenar el mundo.

El therianismo introduce una fisura. Afirma que la identidad humana puede ser híbrida. Que la frontera no es tan rígida. Y cuando una frontera cultural tan central se cuestiona, la reacción habitual no es la curiosidad, sino la patologización.

Muchos medios lo enfocan automáticamente como trastorno. Pero desde la antropología la pregunta cambia. Antes de diagnosticar, conviene preguntarse: ¿qué continuidad cultural está siendo cuestionada?

Si el tatarabuelo no entiende el crowdkilling, no está enfermo. Está fuera de ese marco cultural. Si alguien se siente identidad animal en una sociedad que ha considerado absoluta la separación humano/animal, la experiencia resulta disruptiva. No necesariamente patológica, sino culturalmente disonante.

La frontera humano/animal no siempre ha sido tan rígida.

En diversas sociedades africanas, líderes tradicionales han utilizado pieles de felino —leopardo o guepardo— como símbolo de autoridad. El animal no es accesorio decorativo. Representa cualidades: velocidad, poder, vigilancia. El líder encarna simbólicamente esas capacidades.

En contextos chamánicos de Siberia o América, la identificación con animales puede formar parte de la experiencia ritual. Adoptar la perspectiva del jaguar o del águila no es fantasía infantil, sino parte de una cosmología compartida.

Figura 1. Chamán buriato en vestimenta ritual tradicional (Rusia, 1904). Fotografía histórica, Library of Congress (dominio público). Figura 2. Quanah Parker, jefe Comanche con tocado ceremonial (EE.UU., 1909–1932). Library of Congress (dominio público). Figura 3. Cetshwayo kaMpande, rey del Reino Zulú (Sudáfrica), retrato fotográfico del siglo XIX. Wikimedia Commons (dominio público).

La diferencia con los therian contemporáneos es clara. En aquellos grupos, la hibridación humano-animal está integrada y legitimada colectivamente. En cambio, el therian vive su identidad en un entorno que considera evidente la separación tajante entre humano y animal.

Por eso resulta disruptivo.

No porque la mezcla humano-animal sea nueva en la historia humana, sino porque reaparece en un contexto hiperconectado donde las identidades pueden articularse públicamente, debatirse y consolidarse en tiempo real. La red acelera la visibilidad de la discontinuidad.

En este punto aparece una comparación inevitable con el transhumanismo. Mientras el therian cuestiona la frontera humano/animal desde una vivencia identitaria simbólica, el transhumanismo lo hace desde la tecnología, proponiendo ampliar o modificar las capacidades humanas mediante biotecnología, inteligencia artificial o integración máquina-cuerpo. Ambos fenómenos tensionan la misma continuidad cultural moderna: la idea de un “humano” definido, estable y claramente delimitado. Sin embargo, lo hacen desde lógicas distintas. El transhumanismo proyecta una superación técnica del cuerpo; el therian, en cambio, interpela la definición simbólica de lo humano. En los dos casos, lo que se fractura no es la biología en sí, sino el marco cultural que había fijado qué significa ser humano y dónde termina esa categoría.

En el fondo, el debate sobre los therian habla menos de ellos y más de los que están fuera de ese grupo. Vivimos en una época donde las identidades se multiplican y se hacen visibles. Las continuidades culturales heredadas —qué es ser humano, qué es naturaleza, qué es normal— están en revisión constante.

Como en el concierto extremo. Como en el escritorio frente al prado.

La continuidad no desaparece. Se pliega.

Y comprender ese pliegue antes de convertirlo en diagnóstico es una de las tareas más necesarias de la antropología contemporánea.


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