ANTROPÓLOGOS EN EL CINE

PELÍCULAS DE ANTROPÓLOGOS

Tras una larga temporada de desinterés por el cine y las series —entre fórmulas recicladas, clichés previsibles y antropólogos que parecen sacados de una fantasía colonial mal digerida— decidí ponerme un pequeño reto: buscar películas en las que aparezcan antropólogos. Al menos así, pensé, tendría que prestar atención y ganarme las palomitas con algo de dignidad.

Conviene aclararlo desde el principio: este no es un artículo sobre cine etnográfico, antropología visual ni sobre películas con una vaga “sensibilidad antropológica”. Aquí no se analiza el cine como herramienta, sino al antropólogo como criatura cinematográfica. Películas donde aparecen antropólogos —generalmente como protagonistas— independientemente de lo delirante, caricaturesco o directamente ofensivo que resulte su papel.

Digo antropólogos, además, con toda la intención, porque la figura de la mujer antropóloga ejerciendo realmente ese rol es casi anecdótica. Cuando aparece, suele hacerlo como acompañamiento narrativo, interés romántico o nota de color, lo cual encaja bastante bien con la imaginación cinematográfica tradicional y con su idea de quién observa y quién es observado.

Para no limitarme a una simple lista de títulos (eso se lo dejamos a IMDb), decidí fijarme en tres elementos recurrentes en la representación del antropólogo en el cine:

  1. el objetivo —real, imaginado o directamente inventado— de su trabajo;
  2. su representación estética;
  3. la entidad que financia, tolera o utiliza su investigación.

El resultado es, como mínimo, entretenido. Visto desde fuera de la disciplina, el cine ha construido una serie de arquetipos antropológicos que rozan lo surrealista, pero que se repiten con una constancia casi ritual. Aventureros con complejo de salvador, bohemios mujeriegos, pistoleros con cuaderno de campo, etnógrafos atormentados… hay variedad, sí, pero también una sorprendente capacidad para homogeneizarlo todo.

Incluso en aquellas películas que aparentan tomarse en serio el papel del antropólogo y su función dentro de la trama, el estereotipo acaba imponiéndose. Cambia el decorado, cambia el presupuesto, pero no el molde.

Dicho esto, vamos con las películas.


MIDSOMMAR, 2019

He de admitirlo: esta película me ha encantado. No tanto por el terror en sí, sino por el nivel de inmersión que consigue al mezclar lo siniestro con una estética pseudo-antropológica que resulta inquietantemente verosímil. Midsommar no da miedo a oscuras; da miedo a pleno sol, rodeado de flores, cantos y sonrisas demasiado largas.

La trama gira en torno a un grupo de estudiantes de posgrado en Antropología que investigan las tradiciones vinculadas al solsticio de verano. Gracias a uno de ellos —casualmente originario del lugar— reciben la oportunidad de desplazarse a una aldea remota de Suecia donde el sol no se pone nunca. El escenario perfecto para cualquier etnógrafo con hambre de ritual, folklore intacto y material “auténtico” para una tesis doctoral con futuro.

Y aquí empieza lo interesante.

El perfil de antropólogo que presenta la película es sorprendentemente contemporáneo. No estamos ante el explorador decimonónico con bigote colonial, sino ante jóvenes académicos obsesionados con el exotismo ritual, las rarezas simbólicas, la convivencia prolongada fuera de su sociedad de origen y la caza de “supervivencias culturales” en comunidades supuestamente aisladas. Todo muy de manual… y todo bastante problemático.

Porque, aunque Midsommar no lo verbaliza, lo que se ve en pantalla conecta directamente con una crítica clásica dentro de la disciplina: la idea de que irse a la Cochinchina (o a Suecia profunda, que para el caso sirve igual) garantiza automáticamente una investigación relevante. Durante décadas, la antropología ha estado plagada de trabajos basados más en la épica del viaje, la experiencia vital del investigador y la acumulación de anécdotas extremas que en una reflexión sólida y aplicable sobre los procesos sociales observados.

El etnógrafo llega, observa, convive —a veces sin que nadie se lo haya pedido—, extrae información y regresa a su contexto de origen para producir conocimiento que rara vez revierte en la comunidad estudiada. En Midsommar, esta dinámica se lleva al extremo y se convierte, directamente, en una trampa mortal. Literalmente.

Desde un punto de vista casi irónico, la película funciona como una advertencia brutal contra cierta antropología ingenua: la que confunde hospitalidad con consentimiento, ritual con espectáculo y “cultura” con parque temático simbólico. Los protagonistas creen estar observando cuando, en realidad, son ellos los observados. Y seleccionados.

En cuanto a la entidad financiadora —uno de los criterios que nos interesa aquí— el asunto queda convenientemente difuminado. Son estudiantes de posgrado, así que el origen de los fondos se intuye sin demasiadas dificultades: becas universitarias, proyectos académicos, algo de financiación institucional… y, cómo no, papás, mamás y familia sosteniendo vocaciones intelectuales con escasa rentabilidad inmediata. Nada nuevo bajo el sol eterno.

Midsommar no es una película sobre antropología, pero sí una película que entiende muy bien cómo el cine ha imaginado al antropólogo: curioso hasta la imprudencia, fascinado por lo ajeno, convencido de que todo puede —y debe— ser observado. Aunque el precio sea demasiado alto.

Y no, no era solo una metáfora.

Sobre la estética, como puede verse, “gente corriente”. Ningún atuendo excéntrico, ningún disfraz étnico, ningún sombrero colonial. Tres jóvenes sentados, ropa cómoda, aspecto cotidiano. Podrían estar esperando un tren, una beca o la defensa de la tesis. Precisamente ahí está la gracia: el antropólogo contemporáneo ya no necesita parecer extraño para ir a buscar lo extraño.

🎬 Tráiler oficial (por si alguien aún cree que esto iba de turismo rural).


TRES RECUERDOS DE MI JUVENTUD, 2015

La película relata la historia de Paul Dedalus, antropólogo que regresa a Francia para reencontrarse —a regañadientes— con los recuerdos de una infancia y adolescencia marcadas por la frustración. Lo hace después de una vida entera investigando por medio mundo como etnógrafo: estudiando ritos funerarios en Europa del Este, aprendiendo idiomas con una facilidad casi insultante, participando en organizaciones de ayuda con finalidades siempre un poco ambiguas y, cómo no, siendo sospechoso de espionaje.

Nada especialmente inverosímil, por cierto. A más de un antropólogo del siglo XX le ocurrió algo parecido en la vida real, en especial en contextos fronterizos, belicosos o políticamente tensos, donde tomar notas y hacer preguntas nunca ha sido una actividad inocente. En el caso de Dedalus, su trayectoria vital está financiada —y orientada— por la embajada francesa y el Ministerio de Asuntos Exteriores. Su vida, literalmente, ha seguido las necesidades de la investigación. Y las del Estado.

Con un tono íntimo y un aire claramente independiente, la película construye —quizá sin pretenderlo— uno de los estereotipos más persistentes del antropólogo social y cultural: el del “viajero intelectual”. No el científico encerrado en archivos, sino el sujeto errante cuya biografía y producción académica se confunden peligrosamente.

El relato se apoya sobre todo en sus vivencias personales para acabar de perfilar ese antropólogo “moderno” tan reconocible: algo bohemio, cuasi poeta, con ramalazos de filósofo, aventurero cuando conviene, bribón mujeriego, atractivo por su intelecto, irónicamente desencantado, relativista por formación y por supervivencia. Un personaje que parece vivir siempre a medio camino entre la reflexión profunda y la huida elegante.

Esta es la pinta. Comedida, sofisticada, autoconsciente. El antropólogo como “viajero intelectual”.
Sí, ese.

Aquí el trailer,

Y ahora viene el giro.
Aquí abandonamos el cine de autor y nos adentramos en el territorio pantanoso y glorioso de la serie B. Dos películas con las que, literalmente, se me quedó el culo torcido. Porque la antropología no iba a escapar del cine B, y francamente, me parece lo más justo del mundo.

Cuando el intento de hacer una película seria acaba provocando carcajadas involuntarias, el resultado suele ser oro antropológico puro. Y estas dos lo son.


GARGOYLES, 1972

Ojo, cuidado con Gargoyles (1972), porque aquí el cine se viene arriba y nos presenta a uno de los perfiles más delirantes —y deliciosos— de esta lista: el antropólogo coleccionista de demonios fósiles. Experto en demonología, escritor de éxito, viajante incansable, intelectual de prestigio para su audiencia televisiva y figura admirada por sus seguidores. Aunque, visto desde fuera, encaja sin demasiadas dudas en el molde del antropólogo aventurero, con licencia para todo.

Del personaje se nos suelta, casi de pasada, que es Doctor en Antropología. Lo justo para legitimar absolutamente cualquier cosa que haga a continuación. Autofinanciado gracias al éxito de sus libros, pero presumiblemente también bien conectado con la universidad —algo de panoja habrá para justificar tanto viaje—, dedica su vida a recorrer desiertos en busca de mitos, leyendas y, si se tercia, restos fósiles de demonios. Investigación puntera, sin duda.

Su pasión por la demonología lo conduce, junto a su hija, a un lugar recóndito del desierto de Arizona. Allí les espera un supuesto viejo chiflado que promete enseñarle nada menos que el esqueleto completo de un demonio, además de relatarle las siniestras historias que los indígenas de la zona cuentan sobre estas criaturas. A partir de ahí, como es de esperar, todo se va perfectamente al infierno.

Conviene decir algo importante: que la mitología y las leyendas vinculadas a las “entidades del mal” no son ninguna invención absurda del guion. Sus funciones sociales, su simbolismo, sus representaciones y su papel en la gestión cultural del miedo han sido objeto de estudios antropológicos muy serios. En el contexto español, sin ir más lejos, el recientemente fallecido Carmelo Lisón Tolosana dedicó buena parte de su extensísima obra a estas cuestiones. Por citar solo algunas:

  • Endemoniados en Galicia hoy (1984)
  • La España mental. 1. El problema del mal (1990)
  • Demonios y exorcismos en los siglos de oro (1990)
  • Las brujas en la historia de España (1992)
  • La Santa Compaña: fantasías reales, realidades fantásticas (1998)

La diferencia, claro, es que Lisón Tolosana no resolvía el trabajo de campo a escopetazos.

Aquí tenemos al Doctor en cuestión y a su hija: lo mismo te da una clase magistral en la universidad que se enfrenta, arma en mano, a demonios alados en mitad del desierto. Todo ello vestido con esa clásica indumentaria safari de tonos parduzcos que parece requisito indispensable para cualquier antropólogo cinematográfico que se precie.

Me he divertido de verdad con esta película. Porque, seamos honestos, ¿quién no querría ser un antropólogo demonólogo, financiado por sus libros, perseguido por criaturas infernales y con total legitimidad académica para meterse en cualquier lío?

Aquí te dejo la degustación del trailer. Sin desperdicio…


HOLOCAUSTO CANÍBAL, 1980

La archiconocida película italiana de Ruggero Deodato se hizo viral —cuando lo viral aún era rumor y VHS— entre los años 80 y 90 por sus imágenes grotescas, explícitas y deliberadamente confusas, situadas en una frontera muy incómoda entre realidad y ficción. Durante buena parte del metraje no queda claro qué estamos viendo ni hasta qué punto deberíamos estar viéndolo.

Aviso previo, por si alguien llega despistado: hace falta estómago. Y cierta capacidad para desconectar el sentido común. La película fue censurada en numerosos países, generó procesos judiciales, multas y una leyenda persistente sobre posibles penas de cárcel. Con el tiempo —y con la elasticidad moral que suele acompañar a la cultura audiovisual— acabó ocupando su lugar en casi todos los videoclubs del planeta. Si hubiera que definirla en una palabra, sería: turbia.

La historia arranca con la desaparición de un grupo de periodistas en la Amazonía peruano-brasileña. Periodistas muy de su tiempo, por cierto: especialistas en documentales sensacionalistas, obsesionados con llevar al límite el espectáculo del horror, y empeñados en filmar tribus “caníbales” para consumo occidental. Cuando se pierde su rastro, se organiza una expedición de rescate liderada por un Doctor en Antropología: el profesor Monroe.

Monroe se adentra en la selva con el objetivo de averiguar qué ha sucedido y acaba encontrando las cintas grabadas por los periodistas, donde queda registrado —con todo lujo de detalles— lo ocurrido. A partir de ahí, la película despliega su famoso dispositivo de found footage, adelantándose décadas a un formato que hoy nos parece de lo más normal.

Al protagonista se le llama indistintamente profesor o Doctor, así que todo apunta a que trabaja —o ha trabajado— para alguna universidad. Lo interesante es cómo el cine desdibuja aquí cualquier vínculo reconocible con la institución académica: el antropólogo deja de ser analista y se convierte en aventurero, líder de una misión de rescate que se pasa por el forro, sin el menor pudor, cualquier código deontológico mínimamente reconocible dentro de la disciplina.

El comportamiento antropológico del Doctor Monroe es, directamente, un festival. En una misma película puede ofrecer una defensa relativista del “salvajismo” como concepto etnocéntrico y, sin transición alguna, perseguir jovencitas desnudas por la selva en un inquietante jugueteo sexual. Entra en contacto con grupos aislados sin la menor preocupación por el contagio de virus o bacterias que él mismo podría portar —con el consiguiente riesgo de exterminio—, participa en rituales caníbales para “ganarse la confianza”, se lía a tiros cuando conviene y luego vuelve a pontificar sobre comprensión cultural.

Es un WTF continuo.

En teoría, se le incluye en la expedición porque se considera que un antropólogo posee instrumentos metodológicos para mimetizarse progresivamente con distintos entornos indígenas sin resultar una amenaza. En la práctica, Monroe acaba pareciéndose bastante al mercenario que lleva al lado, rifle en mano, siempre listo para la acción. Se supone que es experto en los mal llamados “pueblos primitivos”, dentro de lo que a veces se denominó Antropología Indigenista, pero cuesta creer que pudiera haber pasado más de cinco minutos en cualquier otro grupo humano sin salir de allí a patadas.

Eso sí, cuando conviene, se le llena la boca de derechos humanos de cara al escaparate. Ja, ja, ja. El personaje es tan excesivo que resulta fascinante. Aquí lo tenemos: despedazando una tortuga gigante a machetazos, pidiendo contención ética a su compañero mercenario para, cinco minutos después, liarse a tiros él mismo; con esa estética de aventurero lleno de arañazos, fumando en pipa para no alejarse demasiado de su supuesta esencia académica aristocrática.

Un personajazo. Absolutamente desbordado. Me he reído interminablemente con él, pese —o gracias— al contexto grotesco de la película.

Atentos al trailer…


MAN TO MAN, 2005

Voy a hacer aquí una pequeña excepción —con calzador, sí— y meter Man to Man en esta sección. Me explico.

Estamos en 1870. Ni el médico escocés Jamie Dodd ni la aventurera Elena Van den Ende son antropólogos per se. Son, en realidad, exploradores ilustrados, personajes fronterizos entre la ciencia, la aventura y la ambición personal. Sin embargo, se mueven de lleno en el universo intelectual de la antropología de su tiempo: un contexto dominado por el evolucionismo darwinista entendido de forma unidireccional, jerárquica y profundamente etnocéntrica. Y, sobre todo, por la necesidad de validación científica ante una audiencia académica muy concreta.

Los antropólogos aparecen aquí en segundo plano: observadores, evaluadores, miembros de un público ilustrado que juzga los hallazgos desde la distancia, sin necesidad de mancharse las botas. No importa demasiado quiénes son exactamente; representan a la institución. Y con eso basta. Así que sí: me sirve.

Curiosamente, es Elena Van den Ende quien encarna muchos de los rasgos que hoy identificaríamos sin dudar como propios de una antropóloga social y cultural. Conoce lenguas, interpreta símbolos rituales, entiende significados sociales ajenos a los de su grupo de origen y muestra una sensibilidad cultural que desentona con el cientificismo brutal de la época. Todo esto en un momento histórico en el que la antropología aún no estaba claramente definida como disciplina, más allá de una Antropología Física y Forense practicada por unos pocos ilustrados con regla, cráneo y jerarquías raciales bien interiorizadas.

El argumento es tan sencillo como inquietante. Ambos viajan a una África Ecuatorial “inexplorada” en busca de los orígenes de la humanidad. Su objetivo es encontrar pruebas del famoso “eslabón perdido”. Y creen hallarlo cuando descubren a unos pigmeos a los que apresan sin demasiadas dudas morales y trasladan a Edimburgo para exhibirlos ante la comunidad científica como el antecesor directo del Homo sapiens sapiens.

La clasificación se basa en lo esperable para la época: medidas aritméticas de la estatura, rasgos faciales, tamaño craneal —todavía sin herramientas como el coeficiente de encefalización— y, por supuesto, en la comparación constante con el ciudadano blanco anglosajón como patrón universal. Más pequeños, cráneo menor, comportamientos distintos: suficiente. La evolución, entendida como una escalera lineal, hacía el resto. Habían encontrado material científico “válido”.

No cuento más para no destripar la película, pero todo esto no es más que el punto de partida.

Lo interesante es cómo Man to Man retrata una antropología aún indefinida en lo teórico y metodológico, obsesionada con la evolución humana, la clasificación y la jerarquía, y completamente legitimada por instituciones como la Real Academia Escocesa de las Ciencias, desde donde se financian expediciones y experimentos con una tranquilidad hoy difícil de digerir. En ese sentido, la película no está nada mal traída.

Por ahí pululan antropólogos con esa estética darwiniana decimonónica tan reconocible: evolucionistas de salón, muy tylorianos, morganianos, spencerianos, cómodamente instalados en la certeza de que la ciencia siempre les dará la razón.

Poco más que añadir sobre este colorido “safari africano”. Todo está donde debe estar: los parduzcos de las prendas, los sombreros imposibles que hoy asociamos más al arqueólogo de película que al científico real, los tejidos desgastados como prueba visual de experiencia expedicionaria. El vestuario también investiga.

El trailer ya revela la calidad del film…


RESCATE EN EL MAR ROJO, 2019

Seguimos con otro arquetipo que me fascina: el antropólogo “activista cachas”.

La película está ambientada en los años 80 y relata una operación del Mossad para evacuar a cientos de judíos etíopes atrapados en Sudán y sometidos a una presión constante por parte de milicias locales. La premisa ya viene cargada de épica: agentes de inteligencia, identidades falsas, operaciones imposibles y un plan que se sostiene tanto por la logística como por la fe ciega en el heroísmo individual.

Y ahí entra nuestro antropólogo.

El protagonista hace referencia en varias ocasiones a su formación como antropólogo, como si ese título funcionara como comodín moral y físico: explica su férrea voluntad, su capacidad de liderazgo, su persuasión natural, su rigor ético y, por supuesto, su disposición a jugarse la vida por los demás sin pestañear. Un ser humano íntegro, incorruptible y valiente. Vamos, idéntico al antropólogo medio, que tras dar clase en la universidad suele irse a trepar rascacielos, esquivar balas y plantar cara a paramilitares sin despeinarse.

Cuidadito con los antropólogos y antropólogas, que lo mismo te corrigen un marco teórico que te cruzan la cara si vulneras algún derecho humano. Se rumorea que algunos rescatan entre cuatro y cinco personas por semana, dependiendo de la carga docente.

En Rescate en el mar Rojo el objetivo del antropólogo está clarísimo, y la entidad financiadora también. Ahora bien, el detalle delicioso es que el protagonista podría ser fontanero, abogado o veterinario y la película funcionaría exactamente igual. No hay ni una sola acción que requiera específicamente formación antropológica. El único requisito real es ser un macho alfa protector, con sensibilidad justa para empatizar con los oprimidos y con la musculatura suficiente para cargar el peso del mundo sobre los hombros.

Desde el punto de vista estético, la cosa es transparente: a la izquierda tenemos al Capitán América camuflado de antropólogo, acompañado de sus colegas de misión. Ropa funcional, mirada intensa, cuerpo preparado para la acción. Si hay cuaderno de campo, debe de ir en una mochila táctica.

La película puede resultar entretenida a ratos, pero como representación de la antropología es puro delirio funcional: la disciplina queda reducida a una etiqueta moral que legitima la épica, no a un conjunto de métodos, reflexiones o contradicciones.

Lo mismo con ver el trailer ya tienes suficiente…


EL HOMBRE DE HIELO, 1984

Peliculote. Así, sin rodeos. El hombre de hielo me ha parecido sorprendentemente satisfactorio, sobre todo para lo que suele ofrecer el cine cuando junta antropología, ciencia dura y dilemas éticos.

La historia gira en torno a una expedición científica que trabaja en un contexto inuit —en el hielo, donde todo es más serio por defecto— y que descubre a un neandertal congelado, intacto, perfectamente conservado. A partir de ahí, se abre el melón: ¿estamos ante una oportunidad única para comprender los orígenes de la humanidad o ante un problema ético del tamaño de un iceberg?

Y aquí entra el antropólogo del equipo.

Su papel es, al principio, casi cómico. No porque sea ridículo, sino porque resulta dolorosamente familiar. Rodeado de biólogas, médicos y científicos “duros”, el antropólogo queda relegado a una posición secundaria, tratado poco menos que como un florero con formación humanística. Sus opiniones no pesan, sus advertencias se escuchan con condescendencia y los vaciles no tardan en aparecer. En la película llega a ser objeto de mofa directa.

Lo curioso es que esto no resulta tan cinematográfico como podría parecer. Ha ocurrido —y ocurre— en equipos científicos reales. Antropólogos que denuncian no tener un papel relevante en la toma de decisiones dentro de proyectos interdisciplinares, especialmente en contextos biomédicos. Esta situación de absorción y neutralización del discurso antropológico, creo recordar, fue definida por alguna antropóloga como “fagocitación”. Me viene a la cabeza más de una anécdota escuchada en másteres de Antropología Médica, donde médicos, biólogos y antropólogos comparten mesa… pero no siempre el mismo nivel de autoridad explicativa.

Un error clásico. Décadas explicando procesos evolutivos, sociales o de salud desde un biologicismo miope, sin integrar seriamente la Antropología Biosocial. Hasta que llegó la epigenética a decir hola y a incomodar a medio mundo.

Menos mal que en esta película el antropólogo acaba dando su merecido. No a golpes, sino con actitud antropológica: perspectiva ética en derechos humanos, conocimiento del comportamiento homínido, comprensión profunda del significado social de la muerte y una capacidad notable para conectar hechos biológicos con un holismo sociocultural que el resto del equipo no está viendo —o no quiere ver—.

El conflicto central es precioso desde el punto de vista antropológico: por un lado, la posibilidad de estudiar los efectos biológicos y químicos de la criogenización y abrir nuevas vías para prolongar la vida; por otro, el derecho de un ser humano —sí, humano— a no ser reducido a material experimental. Ciencia versus ética. Laboratorio versus humanidad. Y el antropólogo, por una vez, no está ahí para decorar.

El objetivo del antropólogo es claro: posicionarse sin ambigüedades en este debate clásico. La entidad financiadora no queda del todo definida, pero probablemente no se aleje demasiado de los fondos públicos de investigación de cualquier país random con intereses científicos y prestigio internacional en juego.

Pese a su aroma a humanidades —que algunos detectan como defecto— la recomiendo sin reservas.

En lo estético, volvemos a los parduzcos de rigor: ropa funcional, sobria, sin épica excesiva. Un antropólogo que encuentra un equilibrio interesante entre la valentía expedicionista y los tintes intelectuales, decantándose claramente por los segundos. Y se agradece.

Aquí el trailer, y cuando quieras, entramos directo a la octava y última y le damos un cierre de artículo que deje claro que todo esto no iba solo de cine.


GENTE POCO CORRIENTE

En Gente poco corriente la antropología aparece de entrada como una promesa. Durante los primeros minutos se sugiere que la disciplina tendrá un cierto peso en el desarrollo de la historia. Una expectativa razonable… que se va diluyendo con la misma elegancia con la que se sirve un cóctel en un club de campo.

El joven protagonista, Finn, no es antropólogo. Lo es su padre. O mejor dicho: lo fue. Finn apenas intenta imitar su oficio recurriendo a clasificaciones vagas y analogías tribales bastante inocentes. Observa a los ricos que lo rodean —socios de un exclusivo club de campo al que accede gracias a una amistad de su madre— y los conceptualiza, con entusiasmo juvenil, como si fueran un “clan”. Hay mirada curiosa, sí, pero también mucho juego simbólico sin demasiadas consecuencias.

No existe en Finn un objetivo antropológico claro. Lo que hay es una imitación nostálgica del padre ausente, una antropología de andar por casa, más cercana al disfraz intelectual que a un proyecto de investigación. El verdadero antropólogo es el padre, que sí se encuentra realizando trabajo de campo “de verdad”: estudio holístico de un grupo indígena, universidad como entidad financiadora, cuaderno serio, distancia académica. Antropología Indigenista clásica. De la de antes. Muy de antes.

La película, en el fondo, no está interesada en la disciplina, sino en lo que esta representa simbólicamente: una figura paterna lejana, una promesa de sentido, una identidad intelectual que el hijo intenta probarse como quien se pone una chaqueta demasiado grande.

Y ahí se queda.

Aquí tenemos al joven aspirante a antropólogo, observando, clasificando, jugando a interpretar el mundo sin que el mundo se vea demasiado afectado por ello. Y sí: otra vez los tonos parduzcos. Ropa discreta, colores tierra, estética contenida. Empieza a parecer que la antropología cinematográfica tiene una paleta cromática propia. ¿Será este el color oficial de la disciplina cuando Hollywood no sabe muy bien qué hacer con ella?

El trailer…


En fin, hasta aquí este recorrido por películas donde aparecen antropólogos y sus estereotipos. Me queda pendiente encontrar alguna en la que aparezcan antropólogas ejerciendo como tales, porque sería especialmente interesante observar cómo se construye —y cosifica— su arquetipo cinematográfico. Conozco al menos una, que espero poder encontrar en castellano o, como mínimo, subtitulada.

Estas pequeñas observaciones me han servido, además, para escapar puntualmente de mi creciente desinterés por el cine. Y no descarto seguir recopilando ejemplos para una futura entrada similar, porque material, visto lo visto, no falta. Cualquier referencia cinematográfica donde aparezca esta disciplina será bienvenida, ya sea por correo o en los comentarios.

Por ahora me quedo con algunos clásicos del imaginario cinematográfico: el dominio absoluto de los tonos parduzcos, el “antropólogo intelectual”, el aventurero pistolero, el indigenista, el WTF sin frenos y el inevitable “activista cachas”. Desde el punto de vista de la Antropología Aplicada, no tienen desperdicio.

Mientras tanto, los antropólogos reales del mercado laboral siguen sin aparecer en pantalla: los que trabajan para ONG haciendo tareas de coordinación y gestión, los que alimentan algoritmos para plataformas como Netflix, los que rellenan informes, asisten a reuniones interminables y pelean con presupuestos imposibles. Nada de épica, nada de selvas, nada de tiroteos. Vida rutinaria, sobrepeso ocasional y ganas de salir del trabajo para tomarse unas cervezas con los colegas, como todo hijo de vecino.

Pero claro, eso no vende entradas.
Así que, si es por estereotipar, adelante.


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10 comentarios sobre “ANTROPÓLOGOS EN EL CINE

Agrega el tuyo

  1. Me ha gustado mucho tu artículo. Tomo nota de alguna peli para verla.
    Como aporte a tu búsqueda de estereotipos de antropólogas en el cine, te sugiero el papel de Ann Miller en «Un día en Nueva York», el musical de 1949. El momento en que el marinero al que interpreta Jules Munshin la conoce en el museo es muy divertido.

    1. Muchas gracias Isabel. Yo tomo nota de «Un día en Nueva York», no creas que abundan las pelis donde aparecen antropólogos, y ni te cuento donde aparecen antropólogas.

      Un saludo.

      1. Ya, imagino.
        En este caso, al ser una comedia musical, no esperes un personaje complejo.
        Lo que sí es interesante de escrutar, bajo mi parecer, son los tres estereotipos de mujeres «liberales» en el contexto de la época y su difusión mediante las producciones de Hollywood.

    2. En «El eslabón sangriento» también aparece un antropólogo. La peli es malísima, pero como he visto que habéis puesto alguna cosa de serie B…

  2. Diario de una niñera.
    En esta película su protagonista es una graduada en antropología que elige cuidar niños de clase alta en New York.
    Interesante.
    Aunque no se hace explicito en la película su trabajo ‘casual» como niñera es en realidad la expresión del trabajo de campo antropológico.
    Cómo antropólogo capté esa visión, el entrañamiento, el riesgo de nativización…
    Y todo sin salir de Nueva York.

  3. Blood Monkey.

    No tiene desperdicio la película, al menos en las risas que te echas de lo mala que es.
    ¿Indiana Jones era antropólogo?

    1. ¡¡Oh!! Ni idea de esta peli, además que Kate Blanchett me ha flipado toda la vida.
      Mira que oportuno es tu comentario, que estoy de retiro unos días en la montaña y cada noche me estoy viendo una película donde aparecen antropólogos, e incluso estoy viendo alguna con antropólogas. Así que pronto sacaré «Antropólogos en el Cine 2». Me estoy encontrando cada joyita je je je; me he dado cuenta de que me encanta el cine de serie B.
      ¡Gracias por el aporte!

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