Introducción. Pensar la mendicidad
La mendicidad ha sido históricamente abordada como una manifestación visible de la pobreza extrema, pero rara vez como una práctica social compleja, situada en la intersección entre estructura, relación, cuerpo y moral. En el imaginario social, el mendigo aparece como figura residual, como resultado final de un proceso de exclusión acumulativa; sin embargo, los estudios empíricos y sociológicos muestran que la mendicidad no es un estado homogéneo ni pasivo, sino una forma específica de inserción social en condiciones de marginalidad (Tezanos, 2004; Banco Mundial, 2000).
En conversaciones mantenidas con integradores sociales de alojamientos municipales y recursos de “baja exigencia” de mi ciudad, emergía de manera recurrente una comprensión interna y diferenciada de estas situaciones de exclusión. En su práctica cotidiana distinguían entre mendigos, vagabundos, carrileros, transeúntes, indigentes o personas en situación de calle, categorías no siempre estancas, pero sí asociadas a modos de vida, estrategias de supervivencia y relaciones con el entorno claramente diferenciadas.
Desde una perspectiva estructural, la exclusión que conduce a situaciones de sinhogarismo y mendicidad no puede explicarse únicamente a partir de trayectorias individuales. Diversos autores han señalado que en estos procesos interviene una constelación de factores que incluyen políticas laborales y de vivienda, sistemas educativos y formativos, legislación social, políticas de bienestar y dinámicas económicas ligadas a crisis y procesos de reestructuración productiva. La mendicidad aparece así vinculada a fallas estructurales persistentes que generan bolsas de población excluida de los circuitos formales de trabajo y protección social.
No obstante, reducir la mendicidad a un efecto mecánico de la estructura económica resulta insuficiente. Los factores familiares y relacionales desempeñan un papel central en estas trayectorias. La fragilidad o ruptura de los vínculos familiares, la ausencia de redes de apoyo, el aislamiento social y el desarraigo aparecen de forma reiterada en los relatos de personas en situación de exclusión severa, como muestran múltiples investigaciones cualitativas internacionales (Banco Mundial, 2000).
A ello se suman factores individuales que atraviesan la experiencia de la exclusión: edad, género, estatus jurídico, problemas de salud física y mental, consumo de sustancias o antecedentes penales. Estos elementos no deben leerse como causas aisladas ni como explicaciones moralizantes, sino como dimensiones que interactúan con contextos estructurales adversos, intensificando la vulnerabilidad. La mendicidad se configura así como una experiencia encarnada, en la que el cuerpo se convierte en soporte visible de la exclusión y, al mismo tiempo, en recurso para la supervivencia.
La mendicidad es una práctica frecuente del sinhogarismo, pero ni es exclusiva, tal y como veremos, ni siempre van de la mano. Al igual que la enfermedad mental no es un fenómeno de causalidad directo. Educadores y Trabajadores Sociales bilbaínos que trabajaban directamente en la calle, señalaban hace años en una conferencia que no tenían claro y que era un objeto de interés e investigación, conocer empíricamente si la enfermedad mental es un estadio previo a un alto porcentaje de las personas en un contexto de sinhogarismo y mendicidad, o es desarrollada posteriormente a la situación de exclusión.
Un ejemplo etnográfico especialmente revelador de los límites de la mendicidad lo constituye el caso extremo de personas sin hogar que habitan en las alcantarillas de Nueva York y restringen su presencia en la superficie al horario nocturno. Lejos de buscar visibilidad, desarrollan estrategias activas de invisibilización social, reduciendo al mínimo el contacto con transeúntes y dispositivos de control. En este contexto, la mendicidad no aparece como un destino automático del sinhogarismo, sino como una opción relacional específica entre otras posibles. La retirada de la escena pública muestra que la exclusión no siempre se traduce en petición; en ciertos casos, la estrategia dominante es precisamente evitar la mirada, renunciar al intercambio y sustraerse al circuito moral del dar y recibir.

Reproducción del contexto etnográfico creada por IA.
En este sentido, resulta pertinente recuperar un fragmento de la entrevista de un caso que me ha ayudado a poner en contexto estas primeras palabras.
Hace como quince años pude entrevistar a un amable caballero del que me he acordado mientras comenzaba a escribir sobre este tema, y al que le voy a dedicar este texto, ya que me ayudó en su día, y me vuelve a ayudar ahora para conseguir encarnar estas primeras aproximaciones teóricas a la mendicidad. Espero equivocarme, pero tengo serias dudas de que la persona siga viva dada la condición de salud en la que lo conocí. Le fui perdiendo la pista pocos años después, hasta que desapareció por completo de mi radar en el Casco Antiguo de Logroño.
Eduard, era kazajo, originario de Kazajistán. Vivía en el Centro Municipal de Acogida en Logroño, sin familia cercana y sin recursos para ser autosuficiente. No disponía de nacionalidad española y según me comentó no era perceptor de los beneficios de la Seguridad Social por este motivo. Vivía de la caridad de las personas, un comedor social y el alojamiento municipal. Estaba diagnosticado con ELA y tenía la movilidad reducida.
La ELA es caput, refería Eduard, las medicinas son una mierda. El hombre conoce su enfermedad, habla de sus piernas, de sus pulmones, de su garganta, de los órganos en los que va a ir perdiendo sensibilidad. Vive con ELA desde hace dos años y durante este período ha sufrido una degeneración progresiva en sus músculos voluntarios. Todo comenzó con unos calambres en las piernas, que las fueron debilitando hasta que empezó a necesitar muletas para poder caminar. Habló de la pérdida de libertad que le supuso ese paso: no podía subir al autobús ni por la rampa, no me podía desplazar, y a mí me gusta moverme… muchos han sido los días duros para mi cabeza. Lo que más me ha dolido es la cabeza, y eso que la enfermedad todavía no me ha llegado allí.
Le pregunté qué tipo de recurso le podría servir de ayuda en su situación.
Necesito comunicarme más y mejor. Tengo muchos amigos en Rusia y en otros lugares que no saben que estoy así. Me gustaría volver a mi patria y morir allí. No tengo cómo llegar, no tengo dinero, nadie me da trabajo para conseguirlo, y cada vez estoy peor. No soy ágil, no puedo ir a los sitios. Sé trabajar, soy cocinero. El carácter de las personas es muy diferente y seguro que muchos se vuelven locos al saber que tienen ELA. Yo no tengo miedo a morir, todo el mundo muere, además soy religioso y creo en otra vida. Soy consciente de que me queda poco tiempo. A lo único que le tengo miedo es a despertar un día y no poder levantarme solo, que únicamente pueda mover la cabeza y no pueda salir a ver los pájaros y los árboles, prefiero morir sin llegar a ese estado.
Los factores culturales introducen, además, una dimensión moral clave para comprender la mendicidad como fenómeno social. Valores como el individualismo, la competitividad o ciertas creencias y formas de darwinismo social contribuyen a naturalizar la exclusión y a desplazar la responsabilidad exclusivamente hacia el individuo, sin atender al proceso que lo ha conducido a pedir dinero sin contraprestación.
Desde esta perspectiva, la mendicidad no puede entenderse únicamente como una petición de dinero, sino como una relación social ritualizada en la que se ponen en juego jerarquías, emociones y límites morales. Pedir no es un acto neutro: implica una puesta en escena del cuerpo, una gestión del tiempo y del espacio, y una negociación constante con la mirada del otro.
La bibliografía muestra que la mendicidad adopta formas diversas —desde la petición directa hasta el entretenimiento callejero— que buscan amortiguar la carga de humillación mediante la oferta de una contraprestación mínima y simbólica (Ramos et al., 2008; Coca, 2017). En ese umbral se esquiva el límite del estigma asociado a pedir sin ofrecer nada a cambio. Para Marcel Mauss (1925/2009), en su análisis sobre el intercambio social, el don es esto: dar, recibir, y devolver. Si la concesión de un bien, el don, no recibe algún tipo de retorno, se abren las puertas del desequilibrio y las consecuencias sociales de cada cuál en sus propios contextos de interacción social.
Este encuadre permite desplazar la pregunta inicial. Más que interrogarse únicamente por las causas de la mendicidad, resulta pertinente analizar cómo se organiza, se legitima y se transforma esta práctica en distintos contextos históricos y sociales. Es desde aquí donde cobra sentido observar sus mutaciones contemporáneas en entornos digitales, en los que la petición, la visibilidad y el intercambio simbólico se reconfiguran bajo nuevas condiciones técnicas, económicas y culturales.
De la calle a la plataforma: visibilidad, petición y espectáculo
El encuadre anterior permite trasladar la mirada desde los espacios urbanos tradicionales hacia entornos digitales donde la exclusión, la petición y la visibilidad adoptan nuevas formas. En las plataformas de streaming en directo, especialmente entre streamers de pequeño tamaño o en fases iniciales, se observan prácticas que reproducen, transformadas, algunas de las lógicas propias de la mendicidad clásica. No se trata aquí de situaciones de pobreza extrema ni de ausencia de cobertura de necesidades básicas, sino de escenarios donde la petición de dinero se articula como parte central de la interacción social.
Desde una perspectiva relacional, estas prácticas pueden leerse a la luz de la teoría del don formulada por Marcel Mauss. En el sistema descrito por Mauss, dar, recibir y devolver no son actos libres ni aislados, sino momentos obligatorios de una relación social que produce vínculo, deuda y jerarquía. En el entorno del streaming, esta lógica se reconfigura: el espectador dona dinero y el streamer devuelve una respuesta mínima —una mención, un gesto, una acción corporal, se bebe un chupito— que cumple la función simbólica de cerrar el intercambio. Se puede interpretar que la devolución no compensa el valor económico entregado, pero legitima la relación y permite que el acto de pedir no aparezca como mendicidad directa.
Este tipo de dinámicas resultan especialmente visibles entre streamers con comunidades reducidas o incipientes. En estos casos, he observado formas de interacción que remiten de manera clara a prácticas de mendicidad mediada por el entretenimiento, comparables a las estatuas humanas, músicos o performers callejeros que activan un gesto o una acción cuando alguien deposita una moneda. El streamer no pide de forma explícita; se ofrece como dispositivo reactivo a la donación, manteniendo la ficción del intercambio y amortiguando la carga de estigma asociada al pedir sin contraprestación.

La imagen es una reproducción retocada con IA. Es una práctica pública que se produce, o se producía durante mi trabajo de campo 2021-2023 diariamente en Twitch, principalmente en horario nocturno y entre multitud de streamers y con una notable presencia del género femenino. La streamer tira de la ruleta y realiza la acción correspondiente (beber, cantar, etc.), aprovechando también la temática nocturna adolescente de fiesta, bebercio y guasa.
Estas prácticas se materializan mediante mecanismos técnicos específicos: ruletas de acciones visibles en pantalla, contadores de donaciones, listas de “objetivos” o tarifas simbólicas asociadas a actos corporales. Beber alcohol, hacer flexiones, cantar, bailar o someterse a una acción aleatoria no constituyen un servicio en sentido estricto, sino una contraprestación mínima y ritualizada. En este umbral se sostiene el don. Cuando la acción ofrecida no equivale al dinero entregado, pero basta para mantener el intercambio dentro de límites socialmente aceptables, se evita que la petición sea percibida como mendicidad desnuda (Ramos et al., 2008).
Un elemento central en esta economía de la petición es la visualización pública del don. Muchas plataformas muestran de forma permanente rankings de apoyo, iconos de regalo y contadores numéricos en ocasiones asociados a nombres concretos o a avatares. Estos indicadores no se limitan a agradecer la contribución, sino que jerarquizan a la audiencia según su capacidad de donar, transformando el acto de dar en un juego monetario, en un gesto visible, competitivo y productor de estatus. La donación deja de ser privada y pasa a organizar la interacción social, estructurando el chat y la atención en función del capital económico aportado.

La imagen está extraída de un directo de Twitch
A esta lógica se suma la donación acompañada de mensajes sonoros reproducidos mediante voces sintéticas. Este mecanismo introduce una interrupción obligatoria del flujo del directo: la voz del donante irrumpe en la escena y exige atención inmediata. Desde este punto de vista, la donación puede interpretarse como una forma de mendicidad invertida. No es el streamer quien mendiga dinero, sino el espectador quien, mediante el pago, mendiga atención, presencia y reconocimiento; también sirve para el troleo tan habitual en internet. El dinero actúa como mediador de una petición inversa: comprar un lugar en la escena, ser escuchado, condicionar momentáneamente el ritmo y el contenido de la emisión.
En estas formas de streaming, el cuerpo del emisor, su tiempo y su disposición emocional se convierten en recursos intercambiables. La atención se gestiona como un bien escaso y monetizable, y el don, lejos de ser gratuito, produce deuda y dependencia. Mientras el intercambio simbólico se mantiene —donación a cambio de gesto—, la humillación queda suspendida. Cuando este equilibrio se rompe, la lógica del entretenimiento deja de funcionar como amortiguador y la mendicidad reaparece sin mediación.
Estas prácticas no deben entenderse como desviaciones individuales, sino como estrategias situadas dentro de un sistema de profesionalización aspiracional. Los streamers que comienzan o que permanecen estancados en comunidades muy reducidas carecen de acceso a las formas de monetización más estables —publicidad, patrocinios o acuerdos con marcas—, reservadas casi exclusivamente a quienes concentran audiencias significativas. En este contexto, la donación directa se convierte en uno de los pocos mecanismos disponibles para obtener ingresos, situando la petición económica en el centro de la práctica cotidiana.
Este modelo se inscribe en una lógica del capitalismo digital centrada en la producción masiva de oferta más que en la demanda. Las plataformas ofrecen la posibilidad de emitir, trabajar y aspirar a una forma laboral idealizada, pero no garantizan audiencia ni ingresos. El resultado es la existencia de un amplio ejército de streamers que producen de manera constante sin recibir, en la mayoría de los casos, una atención proporcional a su esfuerzo. Las audiencias, lejos de distribuirse de forma homogénea, se concentran en unos pocos canales y se desplazan de manera rápida e impredecible, dejando extensas zonas de producción prácticamente deshabitadas.
Mientras esa promesa de acumulación de audiencia no se cumple —o cuando el crecimiento se estanca—, las prácticas de petición directa, los intercambios simbólicos mínimos y las dinámicas cercanas a la mendicidad funcionan como mecanismos de supervivencia económica y simbólica dentro del sistema. Es en este punto donde la mendicidad deja de ser una metáfora analítica y comienza a operar como categoría descriptiva pertinente para comprender ciertas formas contemporáneas de trabajo digital.
El límite de la mendicidad digital: de la mediación lúdica a la humillación explícita
Las prácticas descritas hasta ahora se sostienen mientras el intercambio simbólico mantiene su capacidad de amortiguar la carga moral asociada al pedir. Sin embargo, el trabajo de campo muestra que este equilibrio es frágil y que, en determinados contextos, la mediación lúdica se debilita hasta desaparecer. Es en ese punto donde emerge una forma más extrema de stremear, una forma de emisión en la que la petición de dinero deja de estar encubierta por el entretenimiento y se formula de manera directa, vinculada a necesidades inmediatas.

Imagen recreada con IA para conservar el anonimato. En algunos casos se ha dado el «salto» de mecanismos como donaciones, ruletas, a cambio de actos corporales hacia la humillación, solicitada directamente en la caja de comentarios de la comunidad del streamer.
En estos casos, la lógica del don se tensiona hasta el límite. La contraprestación mínima —el gesto, la acción ritualizada— deja de ser suficiente para sostener la ficción del intercambio. La necesidad se explicita y el cuerpo del streamer pasa a ocupar el centro de la escena no como recurso lúdico, sino como soporte de exposición y sometimiento. La mendicidad digital deja entonces de operar como fase aspiracional o estrategia provisional de profesionalización y se aproxima a una lógica de subsistencia, ahora mediada técnicamente por la plataforma.
Un rasgo distintivo de estas prácticas es la participación activa de la audiencia en la escalada de la escena. Los espectadores no se limitan a donar, sino que formulan exigencias, condicionan la continuidad de la emisión y demandan actos cada vez más costosos en términos físicos, emocionales o simbólicos. La relación donante–receptor se reconfigura en términos de poder: el dinero no compra únicamente atención, sino capacidad de dirección y control. La donación se transforma en mecanismo de coerción informal, legitimado por la propia lógica interactiva del directo.
Desde el punto de vista analítico, este desplazamiento no puede explicarse únicamente por las trayectorias individuales de quienes emiten. Como muestran los estudios sobre pobreza extrema, la mendicidad directa emerge habitualmente cuando se han agotado otras estrategias de supervivencia y las redes sociales de apoyo han colapsado (Banco Mundial, 2000). Cuando esta lógica se traslada al entorno digital, la plataforma no neutraliza la vulnerabilidad, sino que la amplifica: la exposición es permanente, la interacción es inmediata y la petición queda inscrita en una economía de la atención que incentiva la intensificación del contenido.
En este contexto, la humillación deja de ser un efecto colateral y se convierte en condición explícita del intercambio. La audiencia, protegida por el anonimato relativo y la distancia mediada por la pantalla, participa de una economía moral en la que el sufrimiento ajeno se convierte en espectáculo legitimado por el don. La frontera entre entretenimiento y explotación se vuelve difusa, y la mendicidad digital pierde definitivamente su carácter metafórico.
Este punto marca un límite conceptual. La mendicidad digital revela aquí una continuidad estructural con la mendicidad clásica más cruda: la asimetría radical entre quien pide y quien da, la centralidad de la escena pública y la gestión de la vergüenza como elemento constitutivo de la relación. La diferencia reside en el dispositivo. La plataforma no solo aloja la escena, sino que la optimiza mediante la cuantificación del apoyo, la visibilidad constante y la monetización de la interacción. El resultado es una forma de mendicidad amplificada, persistente y difícil de interrumpir.
Analizar estas prácticas sin centrarse en individuos concretos permite desplazar el foco desde el escándalo hacia la estructura. No se trata de casos excepcionales ni de desviaciones marginales, sino de una mutación contemporánea de la mendicidad como relación social, producida en la intersección entre precariedad, aspiración profesional y economía digital. Es en este límite, donde el don deja de proteger y la humillación se hace explícita, donde la mendicidad digital en streaming se vuelve plenamente visible como problema analítico y social.
Conclusión
La mendicidad no constituye un residuo anacrónico de la pobreza, sino una relación social que adopta formas variables según los contextos técnicos, económicos y culturales en los que se inscribe. A lo largo del texto se ha mostrado que no puede entenderse únicamente como efecto de la carencia material, sino como una práctica que articula visibilidad, petición, cuerpo y jerarquía moral.
Las plataformas de streaming no crean esta relación, pero la reconfiguran. En ellas, la petición de dinero se integra en dinámicas de profesionalización aspiracional en el campo del streaming y la economía de la atención, dando lugar a formas de mendicidad mediada que amortiguan el estigma del pedir mediante contraprestaciones simbólicas mínimas. Sin embargo, cuando la mediación se debilita y la necesidad se explicita, estas mismas lógicas conducen a escenarios de exposición y sometimiento que remiten a las formas más crudas de la mendicidad clásica.
Hablar de mendicidad digital en streaming no implica equiparar calle y plataforma, sino reconocer una continuidad relacional: la dependencia del don ajeno, la centralidad de la escena pública y la asimetría entre quien pide y quien da. Lo que cambia es el dispositivo. La visibilidad se intensifica, la interacción se cuantifica y la relación se prolonga en el tiempo, redefiniendo los límites entre trabajo, entretenimiento y supervivencia en un campo laboral muy accesible para los jóvenes, acostumbrados al desempleo y la precariedad laboral, y deslumbrados por la forma de vida de los principales referentes de sus plataformas habituales.
Pensar la mendicidad digital desde esta perspectiva permite comprender no solo un fenómeno emergente, sino una transformación más amplia en las formas contemporáneas de pedir, dar y mirar.
Nota final
La parte que se ha articulado aquí, es sólo una de muchas formas de producir contenido para estas plataformas, cuya base fundacional fueron los gamers y el gaming en directo, que han ido expandiendo sus contenidos hacia otros ámbitos y atrayendo otras formas de monetización y perfiles socio-laborales.
En fecha de enero del 2026, se puede observar que se están mostrando límites por parte de algunas plataformas de streaming que se debaten actualmente con la legislación europea, motivados según he leído en algunos artículos de prensa por el fallecimiento en directo de un streamer bajo circunstancias semejantes a las que se han articulado aquí. No obstante, independientemente de las resoluciones, estas prácticas pueden desplazarse a otras plataformas y alojamientos en espacios virtuales deslocalizados como ocurre habitualmente en este hiperespacio posmoderno que también tiene presencia e implicaciones digitales en sus diferentes manifestaciones socio-culturales.
BIBLIOGRAFÍA
Acceso a las fuentes
🟢 Textos de acceso libre
🔵 Enlaces a Amazon (apoyan a la web)
Banco Mundial. (2000). La voz de los pobres: Desde muchas tierras. Banco Mundial.
BIBLIOGRAFÍA DE INTERÉS
Ochoa, S. (2004). Pobreza y mendicidad. Ed. Atiza.
Requena, M., Salazar, L. y Radl, J. (2013). Estratificación social. Ed. Mc Graw Hill.
Nota legal
Los textos de acceso libre aquí mencionados están disponibles para consulta en repositorios culturales y académicos de acceso abierto, como Monoskop y otros archivos digitales sin ánimo de lucro.
Esta página no aloja los archivos ni reclama derechos sobre ellos. Los enlaces se facilitan exclusivamente con fines culturales, educativos y de difusión del conocimiento.
Descubre más desde ACTIVIDAD ANTROPOLÓGICA
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
Deja un comentario