DEFINICIONES Y CONCEPTOS DE CULTURA 12 | RAYMOND WILLIAMS

Como en otras ocasiones, el interés principal aquí no es tanto definir qué es la cultura en abstracto, sino preguntarse para qué sirve este concepto a un antropólogo o a un investigador social cuando baja al campo y necesita observar procesos concretos.

El concepto de cultura de Raymond Williams introduce un matiz decisivo respecto a muchos de los autores anteriores de la serie: la cultura no es algo que “esté ahí”, ni un conjunto cerrado de elementos, ni un sistema estable de reglas, sino un proceso continuo. Frente a definiciones más estructurales o funcionales —como las de Radcliffe-Brown o Malinowski—, Williams desplaza el foco hacia el carácter dinámico, histórico y conflictivo de la cultura.

Mientras Malinowski entendía la cultura como un aparato instrumental orientado a satisfacer necesidades, y Firth ponía el acento en el significado que las prácticas tienen para quienes las realizan, Williams subraya que esos significados y valores no solo se comparten, sino que se crean, se transforman y se disputan dentro de relaciones sociales concretas. La cultura no se limita a reproducir un orden: participa activamente en su cambio.

Aquí aparece un punto de contacto claro con Geertz, en tanto ambos conciben la cultura como producción de significados. Sin embargo, Williams introduce de forma mucho más explícita la dimensión histórica y política: esos significados no flotan en el aire, sino que están atravesados, penetrados por relaciones de poder, conflictos sociales y experiencias históricas acumuladas. La cultura, para Williams, no es solo interpretación, sino también lucha simbólica.

Este énfasis en el proceso permite evitar uno de los problemas clásicos de las definiciones “totales” de cultura, como las que señalaba Marvin Harris: si la cultura es un estilo de vida total, resulta metodológicamente inabarcable. En cambio, si la cultura se entiende como un proceso continuo de producción y transformación de significados, el investigador puede observarla en prácticas concretas, en discursos, en instituciones, en conflictos y disputas de poder en la vida cotidiana.

Desde esta perspectiva, no se observa “la cultura” de una sociedad como un todo homogéneo, sino los procesos culturales que se desarrollan en contextos específicos y en momentos históricos determinados. La cultura deja de ser una esencia compartida y se convierte en un terreno en movimiento, donde diferentes actores producen sentido desde posiciones desiguales. Como por ejemplo en estas dos situaciones.

En una panadería no sólo se intercambia pan por dinero. Se producen y negocian significados culturales: qué se considera “pan de calidad”, qué prácticas son legítimas (hacer cola, pedir turno, fiar), qué horarios son aceptables o quién puede ocupar el espacio del mostrador sin incomodar.
Estas normas no son fijas: cambian con la llegada de nuevos vecinos, con el turismo, con la inflación o con la digitalización de pagos. Aquí la cultura aparece como proceso histórico, moldeado por experiencias económicas y sociales concretas.

En una residencia de personas mayores se observan tensiones entre valores heredados (rutinas, formas de autoridad, nociones de respeto) y nuevos significados introducidos por cuidadores, protocolos institucionales o discursos sobre envejecimiento activo.
La cultura no es un conjunto cerrado de tradiciones, sino un campo en disputa donde se redefinen continuamente la autonomía, el cuidado, el tiempo libre o la intimidad, en función de experiencias históricas distintas y de relaciones de poder entre residentes, familias e instituciones.

BIBLIOGRAFÍA DE INTERÉS

Williams, R. (1981). Sociología de la cultura. Barcelona: Paidós.


Williams, R. (2000). Marxismo y literatura. Barcelona: Ediciones Península.


Williams, R. (2001). El campo y la ciudad: Ed. Paidós.


Williams, R. (2022). Cultura y política: Clase, escritura y socialismo. Lengua de Trapo.


Williams, R. (2023). La larga revolución. Editorial Verso.


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