El genograma ya no basta. En sociedades atravesadas por migraciones y familias complejas, representar solo la filiación biológica oculta lo esencial: quién cuida, quién sostiene, quién importa. Los diagramas de parentesco permiten ver esas relaciones reales. Sin esta mirada, la intervención socioeducativa corre el riesgo de fallar allí donde más importa: en comprender el mundo afectivo del menor.











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