¿Qué pasa cuando seguir las normas no basta para vivir con normalidad? En determinadas economías socialistas del siglo XX, conseguir comida, atención médica, vivienda o un simple abrigo no siempre dependía del dinero, sino de a quién conocías. A partir del análisis de Alena Ledeneva, este texto explora el blat soviético y el guanxi chino como prácticas informales que hicieron posible la vida cotidiana en contextos de escasez, y que nos obligan a repensar qué entendemos realmente por economía, intercambio y supervivencia social.
Durante gran parte del siglo XX, la vida cotidiana en la Unión Soviética y en la China socialista estuvo atravesada por una tensión persistente entre los principios que organizaban el sistema y las formas reales de acceso a bienes y servicios. En economías centralizadas, caracterizadas por la escasez y por procedimientos administrativos rígidos, seguir los cauces oficiales no siempre bastaba para resolver necesidades tan básicas como alimentarse, curarse o encontrar vivienda. Es en este marco histórico y político específico donde adquieren sentido prácticas como el blat soviético y el guanxi chino que describe Ledeneva, prácticas que no remiten a la Rusia o la China actuales, sino a modos concretos de organización social contextualizados.
Más que prácticas que aparecen cuando el dinero falla, el blat y el guanxi muestran algo más profundo: que el dinero no es la única forma posible de mediación económica. Desde una perspectiva antropológica, estas redes de favores, obligaciones y relaciones personales funcionan como un tipo específico de dinero. No un dinero monetario, sino un dinero relacional, basado en el vínculo, la confianza y la reciprocidad diferida.
En las economías socialistas de la URSS y la China maoísta, la moneda existía, pero su capacidad para garantizar el acceso real a bienes y servicios era limitada. En ese contexto, el blat y el guanxi operaban como medios de intercambio alternativos y socialmente reconocidos. Permitían “pagar” con contactos, con tiempo, con favores acumulados, con reputación dentro de una red. No eran simplemente atajos frente a la escasez, sino auténticos sistemas de equivalencia que convertían las relaciones sociales en valor económico.
Desde este punto de vista, afirmar que “el dinero no bastaba” es incompleto. Lo que ocurre es que coexistían distintos dineros: la moneda oficial, por un lado, y las redes informales, por otro. El blat y el guanxi no sustituyen a la economía, sino que la amplían. Son economías plenamente funcionales, con sus reglas, sus obligaciones, sus sanciones y su memoria. Saber a quién acudir, cuándo pedir y cómo devolver no era una cuestión moral secundaria, sino una competencia económica central.
Desde una perspectiva antropológica, estas prácticas se comprenden como prácticas informales: formas habituales de acción social que operan al margen de los canales oficiales, pero que no son necesariamente ilegales ni antisistémicas. Su función principal no es sabotear el orden, sino hacerlo viable. A través de favores, intercambios personales, regalos, contactos y deudas morales, las redes informales permitían acceder a alimentos, atención médica, vivienda, empleo, educación o incluso espacios de ocio. En este sentido, la economía no aparece reducida al dinero o al mercado, sino como una institución humana mucho más amplia, donde la moneda es solo uno de los posibles instrumentos de intercambio. Cuando el dinero deja de funcionar como mediador eficaz, son las relaciones sociales las que ocupan su lugar y pasan a actuar como una auténtica “divisa” económica.
El análisis comparativo desarrollado por Alena Ledeneva resulta especialmente valioso porque combina un sólido marco teórico con un amplio trabajo empírico, especialmente en el caso del blat, basado en entrevistas, observación y reconstrucción de trayectorias vitales en la Unión Soviética tardía. La comparación con el guanxi chino no busca establecer jerarquías morales entre sociedades, sino identificar patrones comunes y diferencias significativas en la forma en que dos sistemas socialistas gestionaron la escasez a través de redes personales. Además, Ledeneva muestra algo clave: estas prácticas no desaparecen con las reformas de mercado. Se transforman y, en muchos casos, se amplían, desplazándose desde la satisfacción de necesidades básicas hacia el acceso a oportunidades económicas, recursos financieros y posiciones de poder, dando lugar a economías híbridas donde lo formal y lo informal se entrelazan.
Hablar de prácticas informales en estos contextos no implica referirse a actividades marginales, clandestinas o excepcionales. Al contrario: se trata de formas recurrentes y socialmente aceptadas de resolver problemas cotidianos cuando los canales oficiales resultaban lentos, ineficaces o directamente inaccesibles. Lo informal no sustituye a lo formal, sino que lo atraviesa, lo complementa y, en muchos casos, lo hace funcionar. Son prácticas aprendidas socialmente, transmitidas y normalizadas, que permiten acceder a bienes y servicios que el Estado prometía, pero que no siempre lograba garantizar en la práctica.
En la vida cotidiana, estas prácticas adoptaban formas muy concretas y aparentemente triviales. Un médico que adelanta una cita o consigue un tratamiento escaso para el hijo de un conocido; una dependienta que “reserva” un abrigo antes de que llegue al mostrador; un administrativo que coloca un expediente en lo alto de la pila; un director de fábrica que facilita materiales para una reforma doméstica; un profesor que intercede para conseguir una plaza escolar. Ninguna de estas acciones rompe abiertamente la legalidad, pero todas reordenan el acceso. Lo decisivo no es el dinero monetario, sino la relación personal que hace posible el favor y genera una obligación futura.
Estas acciones, aparentemente menores, no eran excepciones aisladas, sino parte de un patrón reconocible. Es en este terreno donde se sitúan el blat soviético y el guanxi chino. Ambos consisten en activar redes personales para obtener bienes, servicios o ventajas en un entorno de escasez estructural. El intercambio rara vez se formula como un “trueque” explícito: se presenta como ayuda, atención, gesto, recomendación o cortesía. La devolución no es inmediata ni necesariamente equivalente; puede llegar mucho más tarde, en otro ámbito y, a veces, para otra persona. Precisamente por eso, estas prácticas generan redes densas de dependencia mutua, en las que ayudar a otros —familiares, amigos o conocidos— es una inversión social indispensable para seguir formando parte del circuito.
Desde esta perspectiva, blat y guanxi no son anomalías ni corrupciones del sistema, sino formas ordinarias de economía informal entendida como economía relacional. A partir de aquí, las diferencias culturales y morales entre ambas prácticas —así como su evolución durante y después del socialismo— permiten comprender no solo cómo se sobrevivía, sino cómo se organizaba realmente la vida económica bajo esos regímenes.
A partir de esta definición operativa, Ledeneva muestra que el blat y el guanxi funcionan como sistemas relacionales estables, no como favores puntuales. Lo importante no es un intercambio concreto, sino la pertenencia a una red y la capacidad de activarla en el momento adecuado. Bajo el socialismo, estas redes se orientaban sobre todo a cubrir necesidades cotidianas y vitales: alimentos, vivienda, empleo, atención médica, educación o vacaciones. El favor no se pedía una sola vez; se cultivaba la relación para que pudiera ser movilizada cuando hiciera falta. Ayudar a otros —incluso sin un beneficio inmediato— era una condición para seguir siendo “útil” dentro del circuito.
El análisis comparativo permite afinar también las diferencias. En el guanxi, la reciprocidad está moralmente codificada y ritualizada: el intercambio de regalos, banquetes o atenciones forma parte de una ética relacional profundamente interiorizada. En el blat, la reciprocidad es más ambigua, menos ceremonial y más dependiente de la situación concreta, lo que introduce un mayor margen de arbitrariedad y oportunismo. Aun así, en ambos casos se repite una misma lógica: la economía real no funciona solo a través de normas y dinero, sino mediante relaciones personales que reorganizan el acceso. Como subraya Ledeneva, estas prácticas no desaparecen con las reformas de mercado, sino que se desplazan y se amplían hacia el ámbito de los negocios, el crédito, los contratos o la protección institucional.
Llegados a este punto, la comparación invita inevitablemente a mirar hacia nuestra propia sociedad (en este caso la española, pese a que esta página la leen multitud de personas que viven en Latinoamérica y Estados Unidos). En el contexto español no existe un equivalente directo ni al blat ni al guanxi, al menos no como sistemas generalizados de supervivencia. El acceso a bienes básicos no depende estructuralmente de redes informales, y los procedimientos formales —sanidad, educación, consumo— funcionan de manera relativamente eficaz. Sin embargo, sí encontramos prácticas relacionales que recuerdan parcialmente a estas lógicas, sobre todo en ámbitos donde el acceso es competitivo, limitado o discrecional: el mercado laboral, la política, la universidad, la empresa o la administración.
Expresiones cotidianas como “tener un contacto”, “conocer a alguien dentro”, “que te hagan el favor”, “mover papeles” o “abrir puertas” señalan la persistencia de formas de redes sociales eficaces que facilitan oportunidades. La diferencia clave es que, en la sociedad española, estas prácticas no son una condición para la vida cotidiana, sino mecanismos de ventaja. No sirven para conseguir pan o un médico, sino para acceder antes, mejor o con menos fricción a determinados recursos. Además, carecen del grado de obligatoriedad moral y de densidad relacional del guanxi, y no funcionan como una red de seguridad colectiva como lo fue el blat socialista.
Esta distancia es fundamental. Mientras que en la Unión Soviética y en la China socialista las prácticas informales compensaban un sistema incapaz de garantizar lo básico, en nuestra sociedad operan en los márgenes de un sistema que, aunque desigual, sí funciona para la supervivencia si se pone el foco en la estructura. Por eso, cuando estas prácticas se intensifican o se normalizan en exceso, tienden a percibirse como enchufismo, clientelismo o tráfico de influencias. La comparación con el blat y el guanxi no busca equiparar realidades, sino recordar que toda economía —también la nuestra— se sostiene sobre relaciones sociales, y que el problema no es la existencia de redes, sino el lugar que ocupan cuando el acceso deja de ser universal y transparente.
El interés del trabajo de Ledeneva no reside solo en describir cómo operaban el blat y el guanxi, sino en mostrar que la informalidad actúa como un indicador sensible de los límites de cualquier sistema económico. Allí donde el acceso prometido no se materializa, las relaciones personales ocupan el lugar de la norma. Más que una desviación, lo informal aparece así como un auténtico diagnóstico social.
Os recomiendo leer el artículo de la autora que podéis descargar a continuación, y que no tiene desperdicio.
BIBLIOGRAFÍA
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Ledeneva, A. Blat y Guanxi: prácticas informales en Rusia y China.
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