CAZADORAS DE “DISPOSICIONES”

Favorecer las competencias adolescentes en conexiones con el mercado laboral. Breves reflexiones en Antropología y Escuela.

CAZADORAS DE DISPOSICIONES

Recientemente conocí con gran satisfacción a un peculiar joven de forma inesperada.

En una convivencia de observación familiar voluntaria en la que me mantuve durante unos días como un mochuelo de after, interpretando el panorama tanto dentro como fuera de su horario habitual, al acecho de comportamientos relevantes a los que hacer presa, me topé con un tipo muy sutil.

Sus comportamientos eran generalmente de fuera hacia dentro. Vamos, que no soltaba prenda, que no solía manifestar sus opiniones con palabras, que no pretendía pasar demasiado rato en las reuniones familiares habituales: comidas, cenas, desayunos, ocio. Inicialmente pensé en mi interior egoísta que me estaba dificultando la tarea, solo que, en realidad, me la estaba facilitando.

Algo pregunté por él a sus padres, que me comentaron que “es así”, “pasa de nosotros”, “así le va”. También pasaba del instituto al parecer; poco lo pisaba, y cuando lo pisaba estaba fuerísima, no se enteraba de la fiesta. Su hermano mayor, de 18 años, le metía unas contadas académicas superiores incluso a las de sus padres, desde el conocimiento de su gratificante progreso académico y su orientación hacia la ingeniería eléctrica.

La pequeña de los tres hermanos tampoco se quedaba corta; con 14 años y ya preparándose mentalmente para ser maestra, como su madre; incluso tenía una pizarra en la que le explicaba la lección para que esta la reforzase y corrigiese. La number one de su clase. A mí particularmente me daba miedo, amenazaba mis escasas competencias, a competencia por minuto cada vez que se ponía a hablar. Enhorabuena de verdad, una crack.

El caso es que me encontraba fotografiando la casa cuando el mediano del grupo se percató de que la pantalla de mi maltratado móvil daba la suficiente vergüenza ajena como para echarme el alto. “Te lo arreglo” me dice el flipao.

Me emocioné como si hubieran sido las primeras palabras de un infante dirigidas a su padre. Aunque lo siguiente que me dijo fue “10 euros”, y me rebajó automáticamente la emoción.

Independientemente del innecesario sablazo dado que soporto bien las opiniones hacia mi miserable teléfono móvil, aproveché el momento para vacilarle un poco y tirarle de la lengua. La conversación no la grabé debido a que la oportunidad fue imprevista, así que más o menos fue así:

  • Como no me lo arregles bien te reviento (le dije bromeando).
  • ¿Entonces te lo arreglo?
  • Con que “me lo arreglas” que quieres decir, ¿que me lo vas a meter en un circuito de negocios oscuros, o que verdaderamente sabes arreglar esto? No piloto de las jergas madrileñas, pero sí a todo.
  • Arreglar es arreglar, reparar – me dijo con la cara cuadrada, sin un atisbo de sonrisa.
  • Date cuenta que no solo está rota la pantalla, sino que hay otra pieza rota debajo de la pantalla. ¡Si se ve una parte del altavoz! Lo que no sé es porqué sigue funcionando, si se me cayó desde un quinto piso.

A partir de aquí me soltó un rollo irreproducible sobre teléfonos móviles. El caso es que en seguida pasó a la acción. Me llevó a su habitación, abrió un cajón, y me enseñó un montón de piezas de teléfonos, cables y movidas extrañas.

  • Bonito vertedero.
  • Es el lugar adecuado para tu móvil (esto sí que le hizo gracia).

Total, que buscó un rato entre el desorden y encontró al parecer lo que buscaba. Sacó un destornillador de precisión, y una especie de mini palanca de plástico. Ahí se tiró un rato el muchacho concentrado, sin escatimar en trap.

Bien, pues fin de esta primera parte de la historia. El chaval me levantó 10 pavetes que le di de buen grado sin que sus padres se enterasen porque le tenían cortadísimo el grifo monetario, y ambos más contentos que Chupín.

La breve segunda parte se trata de comprender algunos aspectos de la conexión triádica entre la domesticidad, es decir, lo que ocurre en el entorno doméstico, la institución escolar y el mercado laboral.

En ocasiones los jóvenes no conectan con la parte intermedia que transcurre entre todo lo que se gesta y se aprende en la familia y sus alrededores, y el mercado laboral. Habitualmente encontramos adolescentes anulados por la carga lectiva que no consiguen abarcar y de la que se distancian progresivamente año tras año. Este distanciamiento incide en la construcción de la identidad individual que, inevitablemente y pese al esfuerzo del personal docente, se representa en gran medida desde el fracaso, porque este cargamento de contenidos teóricos los transporta un tren de mercancías con dirección a una simbólica cima, del que se van bajando muchos de sus pasajeros no sin heridas de guerra, heridas invisibles como dijo una compañera, que pueden suponer un antes y un después en la dinámica entre la identidad y la alteridad individual.

El caso es que década tras década podemos observar una diversificación en el acceso al empleo que, estadísticamente, representa una baja movilidad formativa y social entre el origen y el destino. Sin embargo, sigue estando muy presente el área socio-laboral a la hora de que los jóvenes y los no tan jóvenes puedan acceder a un empleo. Básicamente las personas que conoces y las que conocen tus conocidos son las conocen dónde se necesita a alguien para que desempeñe una serie de funciones, y qué mejor que un conocido con referencias que un desconocido que, por muy competente que pueda ser, lo será desde el desconocimiento de su persona. Por no hablar de las empresas familiares o las pymes en general, que representan un buen groso del tejido económico de este país.

Estoy convencido de que la escuela para una buena parte de los alumnos no sirve para casi nada, porque los aprendizajes que resultan de su inabarcabilidad teórica y la construcción de la identidad individual desde el fracaso escolar es prescindible para acabar conectando con el mercado laboral mediante su área socio-laboral, y aprendiendo la profesión trabajando y repitiendo diariamente sus competencias dentro de su empresa.

Me gustaría destacar que, no trato de hacer ningún desmérito a la institución escolar, sino poner de manifiesto algunos sucesos que cualquier persona puede observar y encontrar habitualmente y, sobre todo, para contribuir a las soluciones.

Como no todo el mundo dispone del mismo “grosor” en su área socio-laboral, es muy interesante explorar las ajenas, participar en ellas y, sobre todo, descubrírselas a los demás, a estos muchachitos.  

Con esto quiero decir que los profesionales del universo del trabajo social pueden servir de un útil trampolín entre los entornos domésticos y las “disposiciones” de los chavales y las chavalas y el mercado laboral, a través de las áreas socio-laborales, saltándose si es necesario la relativa importancia de la escuela.

Porque de verdad, en muchas ocasiones machacamos a los jóvenes con nuestras expectativas académicas, haciéndoles pensar que la escuela es lo único que existe en el universo y que su validez personal tan sólo depende de ella, cuando en multitud de inevitables ocasiones no les da más que hostias; cuando la realidad es que se pueden encontrar “disposiciones” talentosas para el trabajo en prácticamente todos los adolescentes y las adolescentes, que se ven anuladas porque llegan supuestamente antes de tiempo, o porque ellos y ellas mismas las invisibilizan debido a que no son bien reconocidas en su edad, o porque no se han explorado debidamente, o porque no ven unas expectativas realistas para desempeñarlas tal vez porque no hay nadie en su entorno que les dé acceso.

Animo a los profesionales del sector de la educación a no intentar resolver una gran parte de los problemas que los jóvenes tienen en la escuela metiéndoles en salas frías, por un lado, y por otro poniendo el reloj de arena hasta la fecha de su decimosexto cumpleaños.

Animo a cazar disposiciones y a conectarlas, a ampliarles sus ecomapas particularmente en sus áreas socio-laborales para que les den más fortaleza a sus expectativas de modo que, cuando llegue el momento, confíen más en sus competencias, que sí que las tienen.

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