La ciencia reprimida

Lysenko recuperó la teoría lamarquiana que asegura que los rasgos biológicos de las especies los causa el medio en el que las especies se desarrollan

MONTERO GLEZ13 AGO 2020 – 16:45 CEST

Fuente: https://elpais.com/ciencia/el-hacha-de-piedra/

El objetivo de un científico es demostrarse a sí mismo que está equivocado en cada experimento que realiza. Con tal evidencia, la dialéctica entre la experiencia y la teoría se verá prolongada, dinamizando con ello el progreso científico.

Atendiendo a esto, podemos encontrar científicos verdaderos y, por contra, sucedáneos de científicos. Con respecto al segundo grupo, donde abundan los charlatanes, hay que destacar la figura de Trofim Denisovich Lysenko (1898-1976), un caso de estudio a la hora de reconocer el atraso científico en el que se vio sometida la Unión Soviética en la época de Stalin.

Lysenko recuperó la teoría lamarquiana, basada en la obra del naturalista francés Jean-Baptiste Lamarck (1744-1829) que asegura que los rasgos biológicos de las especies los causa el medio en el que las especies se desarrollan. Una teoría evolucionista fallida, tal y como se demostró posteriormente.

Para entendernos, lo que afirmaba Lamarck era que las jirafas tienen el cuello largo porque lo estiran con el objetivo de llegar a la copa de los árboles y así poder comer sus hojas. De esta manera, la herencia del cuello largo se transmitía de padres a hijos. Si trasladamos el lamarquismo a nuestros tiempos actuales, podemos pensar que la era tecnológica condicionará a las siguientes generaciones en lo que respecta al sentido del tacto, ya que, estamos perdiendo dicho sentido al no darlo uso en un mundo cada vez más virtual. Llegará un momento en el que las próximas generaciones nacerán sin percibir el estímulo del tacto, reduciendo así los sentidos a cuatro.

Pero la falsedad de esta teoría se hizo manifiesta con la aparición del darwinismo que vino a demostrar que no importa a cuántas generaciones de ratas se les haya cortado la cola, para que las ratas sigan naciendo con cola. En todo caso, si la carencia de cola en las ratas representa algún valor añadido para su supervivencia, las descendientes tendrán más éxito a la hora de reproducirse que las descendientes de las ratas con cola.

La teoría lamarquiana quedó enterrada en el siglo XIX. Pero, llegado el siglo XX, con la ascensión al poder de Stalin, fue revivida de nuevo con la ayuda de Lysenko, al que Stalin nombró presidente de la Academia de las ciencias soviéticas. Lysenko representaba el prototipo de “científico descalzo”, un hombre sin formación académica, pero capaz de dar validez a las teorías más descabelladas solo por simpatizar con los objetivos políticos de un marxismo mal entendido y peor aplicado.Stalin suponía que la naturaleza humana se transformaría con la aceptación del comunismo, es decir, las estructuras sociales bajo el régimen comunista condicionarían la transmisión de la ideología durante sucesivas generaciones

Stalin suponía que la naturaleza humana se transformaría con la aceptación del comunismo, es decir, las estructuras sociales bajo el régimen comunista condicionarían la transmisión de la ideología durante sucesivas generaciones y, para ello, nada mejor que identificar su pensamiento con la teoría de la evolución lamarquiana, por la cual, el ambiente social posibilitaba dicha transmisión “genética”. De esta manera, una teoría científica que había sido superada, volvía otra vez a ponerse en vigencia debido a su utilidad política.

En la práctica, Lysenko destacaría por sus errores en materia agrícola, errores convertidos en éxitos gracias a la propaganda estalinista que presentaba a este científico descalzo como el salvador de la ciencia soviética gracias a los nuevos experimentos que iban a acabar con la apatía del campesinado ruso. Se trataba de una relación de instrucciones prácticas, aplicadas a la agricultura, que comprendían actos tan irrelevantes como el de enfriar el grano antes de plantarlo.

Pero Lysenko no solo pasará a la historia por no aceptar sus fracasos, sino por silenciar, encarcelar y delatar a todo científico verdadero que le llevase la contraria. Una de sus víctimas fue el biólogo Nikolái Vavílov de quien hablaremos en la próxima pieza.

El hacha de piedra es una sección donde Montero Glez, con voluntad de prosa, ejerce su asedio particular a la realidad científica para manifestar que ciencia y arte son formas complementarias de conocimiento.

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